El abrazo de Apolo | Rapsodia III :: Escena 4 - Para leer on line~

Continuamos la Rapsodia III.

Recordad que he decidido compartir las primeras rapsodias de El abrazo de Apolo: mi última novela publicada. Ofreceros más momentos de esta historia inolvidable ambientada en la Tebas de la Grecia Antigua. Un obra repleta de personajes con los que he crecido como creadora de historias y que ya extraño.

Muchas gracias a todas aquellas personas que ya se han hecho con un ejemplar de la novela. No dejéis de compartir conmigo vuestras impresiones por aquí o por privado si no deseáis hacer spoiler a otrxs posibles lectorxs. 

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Buena semanita para todxs

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos











El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo


::NO COPIES. SE ORIGINAL::







RAPSODIA III - Escena 4

Años antes de la derrota espartana de Leuctra, la ciudad de Mantinea había sido dividida en varios pueblos por Agesilaos II. El monarca llevaría a cabo una serie de actuaciones en la región de Arcadia con el único propósito de asegurarse la región aledaña. Sin embargo, tras la victoria tebana la correlación de fuerzas había mutado y las polis antes sometidas ahora se desprendían del influjo de Esparta para aliarse contra ésta. Así nacía la Liga Arcadia.

Como Mantinea había decidido tras el acuerdo de paz en Atenas reagrupar los pueblos en que había quedado dividida, las demás ciudades comenzaron a expulsar a los gobiernos afines a Esparta aprovechando la debilidad de sus tropas tras Leuctra.

Epaminondas, tras recibir la petición de ayuda de los arcadios después de la negativa ateniense de socorrerlos, les dio instrucciones para la construcción de una nueva ciudad, Megalopolis. El beotarca la había diseñado como una poderosa fortificación desde donde se agruparían las fuerzas antiespartanas de la región.

Cuando las tropas tebanas llegaron a las inmediaciones de la región de Arcadia, vieron a lo lejos a las espartanas. Se trataba de un importante contingente enemigo que controlaba la zona para bloquear el acceso a Mantinea, al oeste.

Ya en la tarde acamparon en aquel lugar tras la consulta a los dioses que hicieron los sacerdotes. Pasarían la noche allí y a la mañana siguiente se encontrarían con las tropas adversarias.

Helios desplegó sus grandes rayos sobre el horizonte y Epaminondas comenzó a invocar a los dioses después de realizar el necesario sacrificio. El suelo estaba cubierto por la sangre de una cabra, cuyo cuerpo ahora ardía en una pira. El humo ascendía y un intenso olor a chamuscado anunciaban la partida. Frente a ellos, el color escarlata de las capas espartanas en línea se adivinaba desde lejos. Sin embargo, los de Tebas no parecían inmutarse ante aquella táctica y Pelopidas no tardó en alinear a su Batallón Sagrado junto a él.

Finalizadas las oraciones previas a toda batalla hacia los dioses, los adivinos inmolaron otra cabra sobre el altar portátil. Consagrado a Apolo en su faceta guerrera, leerían sus entrañas.


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Diokles había asistido al consejo de guerra la noche previa y oído con suma atención los planes estratégicos trazados por Epaminondas y el resto de beotarcas. Ahora los dos ejércitos se hallaban frente a frente. El oficial esperaba la señal habitual: el sonido agudo de una trompeta desataría aquella simbiosis de prudencia, éxtasis y violencia que el propio Ares y su hermanastra Atenea trasmitían a cada guerrero. La caballería se alineaba a los lados mientras el cuerpo de infantería ocupaba la línea central de ataque. Los diversos líderes se repartían junto a sus hombres de múltiples procedencias.

Cuando finalmente se produjo la llamada al combate, los hoplitas comenzaron a entonar un cántico de guerra para invocar así a los dioses y ganarse su protección.


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Epaminondas, como tebano ejemplar, confiaba especialmente en Atenea y el héroe Herakles. Había oído a muchos de sus soldados afirmar en incontables ocasiones que el propio Iolaus luchaba junto a ellos. El beotarca vio cómo los corceles de un bando y de otro se estrellaban en el centro del campo de batalla con un ruido ensordecedor. El corazón le latía muy deprisa y podía sentir otra vez aquella ansiedad al principio de toda batalla. Tenía sed.

Así la caballería espartana fue derrotada poco después y los jinetes supervivientes se replegaron. Llegarían después las falanges de hoplitas que se lanzaron al enemigo portando la lanza en ristre. Muy pronto la llanura donde se hallaban comenzaría a teñirse de rojo.


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El silbido del choque del metal de las espadas y los relinchos inquietos de los corceles aturdían a Diokles. Sobre Cyril, aguardaba el momento posterior donde, de nuevo, las tropas de Esparta volvían a desgajarse ante el avance y superioridad tebanos. Rotas las falanges enemigas, el oficial y el resto de jinetes comenzaron a perseguir a los hoplitas adversarios que ya sólo trataban de huir. Les asestaba con toda la pesadez que le propulsaba su panoplia y caían de forma estrepitosa contra el suelo.

A pesar de ello, cuando trataba de rematar a uno de aquellos espartanos la espada cayó al suelo. Rápidamente se desató la honda que llevaba anudada y, cuando fue a lanzarla, el soldado había desaparecido. Confuso, Diokles se giró y, sin poder reaccionar, fue testigo de cómo un pequeño cuerpo circular oscuro se estrellaba contra su ojo derecho esquivando así la protección del casco.

Otra centellada se precipitó contra su coraza. Esta vez en el tórax. El oficial no podía abrir el ojo y le era imposible localizar al hoplita enemigo. Se había apartado de forma considerable y tenía que localizar las tropas tebanas cuanto antes. Diokles espoleó con fuerza a Cyril y cabalgó hacia las tropas aliadas. Un líquido tibio le bajaba por la mejilla. Un tercer impacto se estamparía contra la parte posterior de la coraza.


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Epaminondas fue el primero en reconocer al oficial cuando alcanzó la línea tebana. El caballo había cabalgado desbocado y el oficial, aunque consciente, apenas podía sostenerse. El beotarca se acercó y agarró las riendas de Cyril al tiempo que Diokles le confesaba lo sucedido.

Poco después, los espartanos tapizaban con sus cuerpos inertes la llanura ahora en silencio. La sangre vertida, ya fría, encharcaba el pasto y ocultaba su verdor. Pelopidas dio la orden y los hoplitas emprendieron la labor de enterrar a sus muertos mientras otros amontonaban las armas extraídas a los cadáveres a modo de trofeo hacia los dioses. De esta manera, se les ofrendaba aquella nueva victoria.

—Asopico. Cuida a Diokles mientras traigo al médico —le indicó Epaminondas cuando se aproximó. —Ayúdale a bajar del caballo antes de que se desmaye. 

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