El abrazo de Apolo | Rapsodia III :: Escena 3 - Para leer on line~

Continuamos la Rapsodia III.

Recordad que he decidido compartir las primeras rapsodias de El abrazo de Apolo: mi última novela publicada. Ofreceros más momentos de esta historia inolvidable ambientada en la Tebas de la Grecia Antigua. Un obra repleta de personajes con los que he crecido como creadora de historias y que ya extraño.

Muchas gracias a todas aquellas personas que ya se han hecho con un ejemplar de la novela. No dejéis de compartir conmigo vuestras impresiones por aquí o por privado si no deseáis hacer spoiler a otrxs posibles lectorxs. 



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Buena semanita para todxs

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos












                  El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo



::NO COPIES. SE ORIGINAL::







RAPSODIA III - Escena 3



Por fin estaban de regreso en Tebas. Después de muchos días y un retorno marcado por la ausencia de Gorgidas, Kyros divisó a lo lejos la casa rural de Nikandros. Lanzó un largo suspiro y avanzó con paso rápido. Quería llegar cuanto antes. Pasarían allí el resto de la jornada para alcanzar la vivienda de la polis a la mañana siguiente.

—Aunque vuelvas al hogar de tu familia, nos veremos en el gimnasio muy pronto. ¡Te voy a echar mucho de menos, estimado Tibalt! —dijo Kyros antes de que se abrazaran.

Como habían llegado muy cansados, Alexios y Nikandros dormían. Sin embargo, los dos muchachos se habían encerrado en una de las habitaciones por iniciativa del atleta.

—Ojalá encuentres pronto un mentor que te proteja, que te respete. Imploraré a Apolo para que así sea…
—No lo he mencionado pero… —hizo una pausa y comenzó a susurrar —durante mi rescate conocí a un hombre cuyo recuerdo no logro quitar de mis pensamientos más íntimos…

Kyros descubrió un fugaz brillo en los ojos de Tibalt y lo tomó de las manos al tiempo que lanzaba una discreta carcajada.

—¿Lo conozco? Quiero saber quién es.
—No estoy seguro pero creo que es uno de los hombres que trabaja para Gorgidas. Por ello, tampoco fui capaz de preguntarle por él —dijo con un fino hilo de voz. —Después de aquella vez, no lo he vuelto a ver. Tal vez muera en la guerra…
—O lo encuentres entre las filas de soldados —le animó el protegido de Nikandros.


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Los días pasaron y la rutina regresó a las vidas de los peregrinos llegados de Delfos. Kyros conoció al especialista en lucha militar que retomó las lecciones de Alexios a la espera de Diokles. Varias veces a la semana los dos jóvenes bajaban a los establos de la casa rural de Nikandros para cabalgar por las inmediaciones.

Sin embargo, Kyros estaba preocupado. Su amante pasaba horas encerrado en la habitación y apenas salía al exterior. Precisaba de la ayuda de alguien o soportes para poder moverse y, aunque la cicatriz había dejado de dolerle, sus ojos habían comenzado a rodearse de un color amarillento oscuro. Kyros lo atendía con esmero nada más llegar del gimnasio y todas las noches cenaban juntos en la habitación.

—Habéis comido muy poco. Me preocupa que últimamente estéis perdiendo peso…
—No tengo hambre —dijo antes de apartar el platillo de cerámica. Éste cayó al suelo y se rompió por la mitad. Los granos de granada corrieron sobre el mosaico que había bajo sus pies.

El adolescente comenzó a recogerlos pacientemente. Los iba depositando sobre la palma de su mano.

—¡Deja eso y siéntate conmigo! —ordenó el adulto.
—Sí…

Nikandros lo atrajo contra sí con brusquedad y una de sus manos se coló bajo la túnica de Kyros. Notaba cómo estrujaba con los dedos la carne resbaladiza en que se había transformado ahora su sexo juvenil.

Entonces desplegó las piernas y se dejó caer hacia atrás mientras la habitación se llenaba de sus gemidos. Plegó los brazos sobre el cuello del jinete, permitiendo que éste lo mordiese una y otra vez. El deseo de Kyros por complacer a su mentor le animó a desnudarlo con impaciencia para después lanzar la túnica a los pies del camastro. No obstante, lejos de descubrir aquel sexo tirante y escurridizo que lo había perforado en innumerables ocasiones encontró un trozo de carne flácida, menguada. Se la metió en la boca y Nikandros le puso las manos sobre la nunca para empujarla. El muchacho succionaba, achuchaba con fuerza. Pero no parecía funcionar. El terrateniente lo apartaría sin más.

—Quizá si os tumbáis sobre el camastro logre que se levante. Estoy seguro de que si me permitís esta vez…
—Estoy cansado. Quiero dormir —interrumpió un poco irritado.
—Mi señor —dijo mientras le enlazaba los brazos en torno al cuello. —Hace muchos días que no derramáis vuestro semen. Tal vez estéis bloqueado. Permitidme que os alivie.

Nikandros lo miró. Kyros notaba las mejillas enrojecidas y los labios se habían hinchado por los mordiscos que había recibido. A pesar de ello, el rostro serio del jinete no se inmutó.

—Retírate. Esta noche deseo dormir solo —indicó antes de apartarle los brazos.

Kyros obedeció en silencio. Cuando volvió a colocarse la túnica, salió de la habitación arrastrando los pies descalzos. Estaba desolado.

Sin embargo, Apolo retornó aquella noche para encontrarse con él en la senda de los sueños al tiempo que su cuerpo, dormido, yacía lejos del abrazo de Nikandros. No había vuelto a manifestarse desde aquella tarde húmeda en el santuario de Delfos y por esa misma razón Kyros fue sorprendido cuando sintió el efecto de una especie de onda de calor sobre el hombro.

—No me habéis respondido, precioso efebo —la voz resonaba dentro de sus oídos como si fuese el eco.

Se dio la vuelta y lo descubrió con los brazos abiertos. Llevaba una túnica tan blanca que surgían destellos en cada uno de los pliegues. También las alas de los cisnes que lo acompañaban esta vez brillaban con una luz cálida. Los cabellos y sus bucles caían de forma armoniosa y la diadema que los cruzaba tenía labrados a otros animales consagrados a él como lobos o halcones. Kyros fue a abrazarlo y hundió el rostro entre los pliegues de la túnica. El hijo de Zeus lo ciñó contra sí y lo rodeó con un manto que desprendía un agradable aroma que no logró identificar.

—¿Cuándo vas a unirte a mí? Quiero atravesarte, probar tu semen.

Pero el muchacho no quería oír nada porque seguía sumido en su abrazo. Lo había echado tanto de menos que creyó que ya nunca más volvería a aparecerse. La situación con Nikandros comenzaba a resultar insoportable. Pero no sería capaz de abandonarlo. No podía.

—Te quiero sólo para mí cuando por fin seas un efebo —afirmó antes de comenzar a besarlo y acariciarle los largos cabellos pardos. —No aceptaré una negativa.



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