El abrazo de Apolo | Rapsodia III :: Escena 2 - Para leer on line~

Continuamos la Rapsodia III.

Recordad que he decidido compartir las primeras rapsodias de El abrazo de Apolo: mi última novela publicada. Ofreceros más momentos de esta historia inolvidable ambientada en la Tebas de la Grecia Antigua. Un obra repleta de personajes con los que he crecido como creadora de historias y que ya extraño.

No quiero decir mucho más, pero estoy preparando una sorpresa que ya tiene tiempo. Estoy a un par de pasos de materializarla así que espero traeros buenas noticias en breve ;)

La imagen de hoy corresponde a un narciso. Una flor que se menciona mucho en la novela por llevar consigo muchas referencias que relacionan a ciertos protagonistas y situaciones. Yo tengo en mi jardín y espero que este año florezcan como el año pasado


Muchas gracias a todas aquellas personas que ya se han hecho con un ejemplar de la novela. No dejéis de compartir conmigo vuestras impresiones por aquí o por privado si no deseáis hacer spoiler a otrxs posibles lectorxs.

Podéis adquirir una copia de la novela en Amazon por un módico precio. Allí tenéis la opción de leer varias de sus páginas para ver si el contenido os gusta.

Favor de compartir la entrada en vuestras redes sociales favoritas si os gusta: sólo os llevará un segundo. Gracias!

Para leer la Escena de hoy, picar donde pone Seguir leyendo AQUÍ, más abajo.

Buena semanita para todxs

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos










                                  El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo


::NO COPIES. SE ORIGINAL::







RAPSODIA III - Escena 2

El suelo estaba cubierto de flores. Como si fuese una pieza multicolor, las calles de Tebas habían sido forradas de pétalos en honor a Iolaus. Como cada año la cuidad organizaba aquellas fiestas atléticas donde los mejores gimnastas se alzaban con los honores que otorgaba la Iolea. El final de la estación húmeda estaba cerca. Las callejuelas estaban repletas de gente de toda condición social y Alexios agarraba con las dos manos la de su progenitor. Tenía diez años y observaba con la boca abierta el desfile que avanzaba frente a él.

Un grupo de adolescentes de túnicas blancas lanzaban al vuelo las flores que portaban en cestos mientras danzaban como si fuesen gráciles cisnes. El pequeño seguía con su mirada cada una de las curvas que describían aquellos brazos y contuvo el aliento cuando una de las muchachas del cortejo le obsequió con un narciso.

—Tómalo, es para ti. Te lo está ofreciendo —animó el padre.

Alexios soltó una de sus manos para agarrar la florecilla dorada. Se la puso en la nariz y aspiró con las mejillas aún encendidas.

—¡Huele tan bien…!
—Es un narciso. Se llama así por un joven que vivió hace muchos años en Tebas.
—¿Y qué sucedió para que una flor aún tenga su nombre? Yo también quiero que exista una que se llame como yo…
—¡Mira, Alexios! Ahí llegan los atletas.

El niño dirigió la mirada hacia el frente y allí descubrió a una serie de varones que saludaban al público. Iban vestidos con sus mejores galas, portaban ramos de colores y advirtió que algunos llevaban barba pero otros, por el contrario, parecían mucho más jóvenes.

—¿Cuándo podré ir con ellos? ¿Cuándo podré participar? —preguntó mientras agitaba la mano del padre.
—Cuando cumplas doce años irás a la palestra. Allí comenzará tu entrenamiento y aprenderás cómo funcionan tus músculos, tus huesos, tu cuerpo. Una vez que tengas dieciséis entrarás en el gimnasio y ahí podrás llegar a ser como ellos —dijo al tiempo que le acariciaba la nuca. —Pero quiero que siempre recuerdes que has nacido para ser uno de los mejores jinetes de Tebas. No lo olvides nunca.
—Sí.

Sobre el rostro de Alexios se dibujó una gran sonrisa y presionó aún más la mano contra la de su progenitor. El desfile proseguía y esta vez avanzaban los diversos animales que serían sacrificados en honor del héroe que amó a Herakles hasta el fin de sus días. Varias adolescentes tiraban de los bueyes que, con paso lento, recorrían la calle. Detrás, avanzaban los sacerdotes que llevarían a cabo el ritual. Éstos portaban unos pequeños incensarios que agitaban a su paso y desprendían un intenso olor que obligó al pequeño a toser varias veces.

—Ahora llegarán tu hermano Cafisodoro y todos los efebos de la ciudad. Ellos son el futuro más inmediato de Tebas porque ya han comenzado a entrenar. Cuando cumplan la mayoría de edad, veinte años, recibirán sus armas.
—La panoplia, ¿verdad, padre?
—Así es. Y lucharán en la guerra para defender nuestra tierra. Pero antes, ese mismo día, deberán prometer ser fieles junto a la tumba de Iolaus.
—¿La tumba de Iolaus?
—Sí, está a las afueras de la ciudad.

Cuando a Alexios se le cayó el narciso y fue a recogerlo, una mano desconocida lo atrapó primero. Alzó la vista y un joven adulto de barba muy fina se lo devolvió. Éste saludó a su progenitor y mientras estuvo charlando con él se dio cuenta de que tenía el cabello muy largo. Así lo tendría él cuando fuese más mayor.

—¿Quién era, padre? —preguntó cuando se marchó.
—¿No lo has reconocido?
—No sé quién es ese hombre. Vayamos ya a casa… —estaba agotado.
—¿No te acuerdas de aquella vez que nos visitaron dos hombres y se besaron después en la calle?

Pero Alexios no recordaba. Sin embargo, siguió con sus ojos al varón, quien se unió a un grupo de soldados al otro lado de la vía, y desde allí intentó rescatar sus efímeras memorias.

—¿Quién es? Es un jinete, ¿verdad? Tiene el cabello largo como tú…
—Es el protegido de Gorgidas.
—¿Y dónde está?
—Está fuera de Tebas. Vendrá pronto.
—¿Y por qué no están juntos?
—Porque no siempre pueden. Los intereses de Tebas son lo primero —dijo inflexible. —Incluso el mismísimo Iolaus no pudo acompañar siempre al gran Herakles porque éste se debía antes a sus deberes.

El niño oyó aquellas palabras mientras estudiaba al jinete. Éste charlaba con sus compañeros y parecía disfrutar del desfile. A Alexios le gustaba cómo se había rasurado la barba.

—Pero yo no quiero que mi amigo esté lejos —dijo el pequeño.
—¿Qué amigo?
—Cuando sea mayor tendré un maestro que me enseñará y viviré con él.
—Sí, así es. Deberás ser paciente y valorar su entrega a Tebas.

Alexios ya no sujetaba su mano con el mismo ímpetu y por un momento evitó el contacto físico con su padre. Se desprendió de sus dedos para acariciar con cuidado los pétalos del narciso que ya comenzaba a marchitarse. Él no quería estar separado de aquellos a quienes quería y no comprendía porqué Tebas era más importante que cualquiera.

El desfile pronto acabaría y de nuevo vio al joven adulto allí, al otro lado de la calle. Éste reía y parecía ajeno a la mirada del chiquillo.

—¿Cómo se llama?
—¿Ya no te acuerdas? Gorgidas dice que será uno de los mejores caballeros de nuestra polis. Su nombre es Diokles.
—¡Pues yo no quiero ser como él! —declaró Alexios totalmente convencido.


Comentarios

Entradas populares