El abrazo de Apolo | Rapsodia III :: Escena 6 - Para leer on line~

Hoy finalizamos la Rapsodia III.

Recordad que he decidido compartir las primeras rapsodias de El abrazo de Apolo: mi última novela publicada. Ofreceros más momentos de esta historia inolvidable ambientada en la Tebas de la Grecia Antigua. Un obra repleta de personajes con los que he crecido como creadora de historias y que ya extraño.

Muchas gracias a todas aquellas personas que ya se han hecho con un ejemplar de la novela. No dejéis de compartir conmigo vuestras impresiones por aquí o por privado si no deseáis hacer spoiler a otrxs posibles lectorxs.




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Para leer la Escena de hoy, picad donde pone Seguir leyendo AQUÍ, más abajo.

Buena semanita para todxs

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos










El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo


::NO COPIES. SE ORIGINAL::







RAPSODIA III - Escena 6



El médico limpiaba la herida ante la atenta mirada de Lysandros, Asopico y otros curiosos. Epaminondas y Pelopidas habían acudido poco después. Alrededor se extendían otros soldados que habían resultado lesionados. Algunos se quejaban entre lamentos de los violentos dolores causados por las diversas mutilaciones que ahora asolaban sus cuerpos. Conforme caía la tarde, los hoplitas que morían a pesar de los intentos por aliviarlos eran transportados hasta la pira donde ardían el resto de compañeros fallecidos durante la mañana.

—Masticad estas hojas. Son para el dolor —ofreció el médico que atendía al oficial. —Voy a proceder…
—¿A qué te refieres? —preguntó al detenerle la mano que portaba un pequeño cuchillo que estaba al rojo vivo.
—Voy a extirparos lo que queda del ojo. No hay nada que pueda hacer…

Diokles se incorporó rápidamente pero cayó al suelo.

—Muchacho. Ayúdame a quitarme la coraza… —le dijo a Asopico.

El médico, desconcertado, dirigió la mirada hacia los beotarcas, quienes asistían a la dolorosa escena. Epaminondas se acercó. Pelopidas se arrimó al médico para hacerle una señal conciliadora. Era consciente de que aquel momento era muy delicado y debía actuar con plena calma.

—¡No permitáis que lo extirpe, por favor…! ¡Ordenad que lo cure…! —suplicaba Diokles mientras se señalaba el ojo ensangrentado.
—¿Cuánto tiempo hace que eres oficial?
—Casi dos años… ¿Qué importancia tiene eso?
—¿Y Alexios?
—¿Le ha sucedido algo? —quiso saber después de clavarle los dedos sobre el brazo.

El cirujano apremiaba a Pelopidas y éste lo mandó a callar de nuevo. A su lado, vio cómo Asopico contenía el aliento.

—¿No quieres volver a verle? —el beotarca se sentó junto a él.
—¡Claro que lo deseo…! No hay día que no dedique mis pensamientos a él —confesó con voz quebrada. —¡Quisiera tanto poder abrazarlo en este preciso instante…!
—Entonces, hazlo por él —le dijo antes de posarle la mano sobre el hombro.
—Pero… —se detuvo, cabizbajo.

La coraza yacía sobre el suelo. Manchado de sangre también, el casco desprendía un tímido resplandor con los rayos anaranjados que anunciaban el inminente ocaso. La pira, más allá, continuaba emitiendo aquella columna azabache.

—Permítete regresar a Tebas sano y a salvo, Diokles. Ella te lo agradecerá —afirmó Epaminondas. —Alexios también lo hará. Estoy seguro.

Pelopidas le haría la señal al médico y éste, ante la conformidad silenciosa del herido, comenzó a extirparle el ojo dañado. A pesar del efecto narcótico de las hojas, el oficial aullaría cuando sus párpados empezaron a ser cosidos para siempre.

—¡Maldita sea Esparta…! —gritó Diokles.

Asopico, muy cerca de él, aguantaba las lágrimas. Iba a marcharse pero Epaminondas lo retuvo delante de todos.

—La guerra es sólo para aquellos hombres que se ven impulsados por el amor —dijo muy serio mientras señalaba al oficial.
—Olvidáis que el amor no siempre es lógico —afirmó el muchacho. —Ni sabe de razones.


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Con la madrugada cayó el silencio sobre la llanura donde se asentaban las tropas tebanas. Horas antes el entusiasmo de los hoplitas por una nueva victoria contra los enemigos había convertido el campamento en un hervidero de optimismo.

Diokles, narcotizado por los remedios suministrados tras la intervención, yacía en el interior de su carpa. En las diversas ensoñaciones que se sucedían una detrás de otra no lograba distinguir las voces, el rumor que lo aturdía. Pero conocía los rostros que surgían uno detrás de otro. El primero fue el de Nikandros quien, con una pierna amputada, se reía de él mientras lo señalaba. Para su sorpresa podía andar porque brincaba como si fuese una liebre. La visión de Alexios también acudiría en aquel cortejo absurdo que, además, congregaría las sombras que ahora formaban parte de su existencia. El efebo, ante la nueva apariencia del oficial, lo repudiaría horrorizado y echaría a correr.

—Estáis ciego... ¡Ciego!
—¡No...! ¡Aún tengo mi ojo izquierdo…! —gritaba tocándoselo para demostrar que estaba sano.

A pesar de ello, Diokles comprobaba aterrado cómo su párpado izquierdo también había sido cosido. Su desesperación crecía por momentos y no lograría alcanzar al muchacho a pesar de que lo nombraría sin descanso. De pronto despertó.

—¿Os duele mucho? —una silueta oscura surgió frente a él. —Bebed esto. Os hará bien.

Estaba mareado y dolorido. Con movimientos torpes, logró apurar el contenido de la copa con ayuda de aquella figura borrosa. Un sabor amargo le quemó la garganta y después tosió.

—Os recuperaréis. El médico hizo una buena intervención. Hace poco se ha marchado el hoplita amigo vuestro, Lysandros. Luego vendrá a veros.
—¿Quién eres?
—Soy Asopico, el amado de Epaminondas.

El oficial no dijo nada. Su ojo izquierdo se movía inquieto y la mejilla derecha estaba enrojecida. Lentamente, iba reconociendo las formas y colores, pero la luz de la lámpara que había junto a él le pareció más resplandeciente que nunca. Quería cerrar el único ojo que le quedaba y no abrirlo nunca más. Extrañó todas aquellas veces junto a los labios de Alexios y se dio cuenta de lo injusto que había sido con él, de las muchas ocasiones que había sido cruel. No se merecía su amor ni su aprecio.

—Recuerdo la fiesta de vuestro protegido… —dijo Asopico. —Alexios es un bonito nombre. ¿Qué significa?
—“El que protege al mundo” —respondió tras una larga pausa.

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