El abrazo de Apolo | Rapsodia II :: Escenas 5 y 6 - Para leer on line~

Después de pasar varias semanas dedicada en cuerpo y alma a mis (otras) actividades favoritas, retomo el trabajo literario. Necesitaba este gran paréntesis para poder asumir este nuevo año que me he marcado con novedosos y motivadores proyectos. Ahora que vuelvo a la rutina y me quito un poco las telarañas, ¡inicio con mucha ilusión una nueva etapa en este recién estrenado año 2015!

Para empezar muy bien, he decidido traeros algunas escenas más de El abrazo de Apolo: mi última novela publicada. Ofreceros más momentos de esta historia inolvidable ambientada en la Tebas de la Grecia Antigua. Un obra repleta de personajes con los que he crecido como creadora de historias y que ya extraño.

Pero como hoy es el primer día que escribo en el blog en este 2015, os traigo dos escenas al precio de una :P En concreto las dos últimas de la Rapsodia II. Así que espero que las disfrutéis como se merecen


Muchas gracias a todas aquellas personas que ya se han hecho con un ejemplar de la novela. No dejéis de compartir conmigo vuestras impresiones por aquí o por privado si no deseáis hacer spoiler a otrxs posibles lectorxs. En ese sentido dar las gracias a Flor Castro por hacerme llegar sus primeras reacciones sobre la obra

Podéis adquirir una copia de la novela en Amazon por un módico precio. Allí tenéis la opción de leer varias de sus páginas para ver si el contenido os gusta.

Favor de compartir la entrada en vuestras redes sociales favoritas si os gusta: sólo os llevará un segundo. Gracias!

Para leer la Escenas de hoy, picar donde pone Seguir leyendo AQUÍ, más abajo.


Hasta muy pronto y buena semanita

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos











                          El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo




::NO COPIES. SE ORIGINAL::







RAPSODIA II - Escenas 5 y 6

—¡Ahora no, soldado! —cortó de forma tajante Diokles.

Muy de mañana, Asopico se unió a algunos de sus compañeros cuando salieron de caza. Escondida entre un arbusto, atrapó a una de las dos liebres que ahora amarraba para cargarlas sobre el hombro. La otra la halló cuando trataba de huir a través de un claro del bosque en el que se habían adentrado. Salió a la llanura donde estaban localizadas las tropas y cuando vio a lo lejos al oficial. Corrió hacia él y le mostró los dos animales ya muertos.

—Las cacé para vos…

Pero el jinete lo apartaría bruscamente y, sin detenerse, continuó con paso firme hacia la que era su carpa. Asopico las guardaría en el zurrón.

Por la tarde, de camino hacia Mantinea, el joven estuvo buscando a Argyros. Hacía días que no lo veía y quería mostrarle las dos generosas liebres que había cazado. No logró dar con él. Sin embargo, cuando preguntó a los soldados ninguno parecía conocer al muchacho. Se adelantó hasta dar con algunos de los hoplitas del Batallón Sagrado y aunque al principio nadie parecía saber de quién hablaba, uno de ellos se le acercó. Entre cuchicheos, le detalló lo que muy pocos conocían.

—Va escoltado por un par de soldados al final. Se dice que tarde o temprano tratará de huir…
—Si huye sólo le espera ser capturado para ser vendido como esclavo. Yo preferiría la muerte. Es más digna… —dijo otro.
—Los traidores sólo merecen la muerte —apostilló un hoplita que había oído la conversación. —Si trata de escapar, yo mismo le lanzaré mi jabalina.
—Traidores… ¡lo que nos hacía falta entre nuestras huestes! —se sumó otro.
— ¡Callad! Nada sabéis de lo sucedido…
—Argyros y Lysandros han sido compañeros en el Batallón. Debe de haber algo que lo explique…
—¡Yo digo que muerte a los traidores!

Finalmente cayó la tarde y de nuevo las tropas montaron el campamento para pasar la noche. Mantinea estaba ya muy cerca.

Asopico comenzó a desollar las liebres e invitó a algunos de sus compañeros a degustar el manjar que había rechazado Diokles. Mientras las ensartaba para asarlas al fuego, divisó a Epaminondas hablando con Cafisodoro. Éste volvería a apartarse del beotarca tras lo que pareció ser una escueta conversación. Asopico tenía que hacer algo cuanto antes.

—Necesito hablar contigo. Ahora mismo —ordenó Epaminondas tras acercarse.

Cuando entró en la carpa del estratega, éste agitaba el interior de la copa que sostenía entre los dedos.

—Siéntate aquí a mi lado —señaló el otro taburete.

El joven obedeció pero cuando aquél le fue a acariciar el hombro Asopico se apartó con brusquedad. Quería dejarle muy claro que él también había cambiado su actitud hacia él.

—¿A qué se debe ese gesto de rechazo? —inquirió visiblemente malhumorado.
—¿Cuál es ese asunto tan importante del que queréis conversar? —Asopico se echó hacia atrás y volvió a relajar la espalda.
—¡No seas irreverente! Responde a la pregunta que te he hecho…
—Tengo algo que comunicaros —interrumpió. Recordó las palabras de Nemesis.

Los dedos de Epaminondas se habían agarrotado en torno a la copa. Como se resbaló, la cerámica se rompió al estrellarse contra el suelo. Tras un golpe seco, el líquido que contenía se filtró y un sabor amargo llenó el interior de la carpa.

—¿Para qué me habéis citado? —preguntó Asopico sin reparar en los trozos en que había quedado fragmentada la copa.
—¿De qué se trata ese asunto tan importante?
—Un alto mando de vuestro ejército me ha confesado estar interesado en mí… —comenzó a decir.
—¿De quién se trata? —se levantó furioso.
—No puedo revelároslo porque faltaría a mi promesa.
—¡Cuídate de hacer…!
—¡No me amenacéis, señor! —dejó atrás el taburete —. Aún no he hecho nada que os comprometa —se defendió sin vacilar. Había funcionado. Los celos de Epaminondas eran la prueba.
—¿Es esto una provocación?

Asopico se aflojó la túnica y se acercó al beotarca. Se sentó sobre el regazo de tal forma que sentía el relieve de sus genitales contra los suyos. Después, comenzó a acariciarle la barba rasurada y la textura de aquellos labios ya incendiados. Fue a besarlos pero, cuando estuvo muy cerca de ellos, fue apresado por las muñecas.

—Dile a ese otro hombre que el orgasmo que te recorre cada vez que te atravieso es mío y de Eros. Si sientes algo por ese soldado, harías bien en advertirle para que se aparte a un lado —empezó a besarlo con violencia.

Acto seguido empotró al joven contra el sexo que asomó erguido tras retirarse la túnica. Asopico dejó escapar un intenso gemido cuando fue por fin penetrado por aquella carne que quemaba lo que tocaba. Después, saltaba contra él y contra Eros, y separaba las piernas entre sollozos como los de Epaminondas. Al ser masturbado por aquellas dos manos grandes y recias que parecían aplastarle los genitales, el muchacho no pudo evitar que el esperma lanzado acabara por estrellarse contra la carpa.


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La voz del Pelopidas surgió tras la figura de Lykaios. Sólo le bastó una mirada severa para alejarse mientras se llevaba por delante a Heron, quien no se había percatado de ello.

Después de varios días sin recibir su visita, Argyros volvía a tener noticias del comandante. Éste, enfundado bajo la coraza y el casco, se alzaba frente a él como si fuese una especie de titán. El sol del mediodía, situado detrás de Pelopidas, cegaba al muchacho.

—No tengo nada de qué hablar con vos. Marchaos…
—¿Cómo no lo vi venir? —pronunció con cierto tono amargo.
—Si habéis aparecido para increparme, ahorraos la crítica.
—¡Me has puesto en evidencia y no parece que te afecte! —gritó Pelopidas.
—¿Por qué debiera de inquietarme? —inquirió desafiante.

Argyros tenía muy claro que no iba a permitir que el hombre que lo había rechazado tantas veces iba a humillarlo otra vez.


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Pelopidas se aproximó y, ante la tentativa del joven de dar un paso hacia atrás, lo apresó del brazo. Seguía muy enfadado por su declaración a Diokles.

—¡Si eres tan osado como para desafiar a un superior, no huyas cuando éste se te acerca! De lo contrario…
—¿Qué va a sucederme que ya no sepa? —se soltó con violencia.
—... sólo demuestras tu cobardía, lo cual no dice nada en tu defensa —ante el silencio del otro, prosiguió. —No volveré a ayudarte, soldado. Me debo a los hombres leales y valerosos, a Tebas y a su gloria. No a ti.

Pelopidas tenía un nudo en la garganta. Había preparado sus palabras durante días y se dio cuenta de que no podía hacer nada más por la suerte de Argyros. Llegó un hoplita seguido de Lykaios.

—Comandante, los beotarcas os aguardan.
—Sí, aquí ya he terminado —le lanzó una última mirada antes de dar la vuelta. —Ojalá no traiciones la confianza de Atenea porque es la única que ahora te protege.

El líder se alejó mientras el sol continuaba brillando sobre el firmamento.

Cuando éste comenzó a fundirse contra el horizonte se desató un viento cuyas ráfagas recorrían de forma irregular la explanada donde se hallaban. Zephyros soplaba desde algún rincón oculto.


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Argyros continuaba aún con las manos ligeramente entumecidas. Había apretado tanto sus puños en la mañana que experimentaba una punzada de dolor cada vez que las utilizaba. Se sentía desorientado, abandonado por todos. Ni siquiera estaba seguro de que los dioses lo protegían. Deseó estar muerto.

—¿Qué harás ahora? —preguntó Lykaios mientras extraía del zurrón un buen puñado de frutos silvestres y unas cebollas.
—No deseo hablar —dijo Argyros con voz agriada. Quería estar solo.
—Eso lo debías haber dicho antes, ¿no te parece? —sentenció sin mirarlo.
—¡Nada de lo que me suceda te incumbe!
—¡Oh, claro que sí! Estás a mi cargo y al de otro soldado…


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Heron apareció con un hatillo de madera seca. Cenaron en silencio mientras oían el murmullo del viento que asolaba al campamento. A veces, la leña crujía y algunas chispas salían despedidas.

—Nunca había visto al comandante tan serio —empezó a decir Lykaios.
—¿Qué ha pasado? —Heron mordía la última manzana que tenía. Ésta estaba ligeramente podrida en uno de sus lados.

El centinela miró confundido al muchacho. Éste se había cubierto con el manto y parecía dormir.

—Estimado Heron, siento que hoy he aprendido una importante lección que todo hombre debería conocer para evitar ser un desdichado.
—¿De qué se trata?
—Erróneamente, asumimos que el odio es el extremo del amor —Lykaios bebía despacio mientras se arremolinaba frente al fuego.
—¿Acaso no es así? —Heron lo observó sorprendido.

El soldado lo oía al tiempo que veía el bulto bajo el que creía que dormía Argyros. Situado tras las llamas, parecía arder.

—Si decepcionas repetidas veces a quien te ama, habrás hecho que la indiferencia anide en su corazón. Eso es lo que al final destruye toda relación de amor. La decepción y la indiferencia.



Continuará...


DRAMATIS PERSONAE:
Argyros: antiguo amado de Lysandros y antiguo integrante del Batallón Selecto.
Asopico: amado de Epaminondas.
Cafisodoro: jinete, hermano de Alexios.
Diokles: jinete, oficial de caballería y amante de Alexios.
Epaminondas: importante líder tebano, beotarca. Amante de Asopico.
Lykaios: soldado y antiguo amado de Nikandros.
Lysandros: antiguo amante de Argyros.
Pelopidas: importante líder tebano y comandante del Batallón Sagrado.

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