El abrazo de Apolo | Rapsodia II :: Escena 4 - Para leer on line~

El pasado día 20 traje la primera de las escenas de El abrazo de Apolo. Desde entonces y hasta el mismo día de su lanzamiento (mañana), os voy a dejar en mi blog las primeras escenas de la Rapsodia I y la II para que vayáis haciendo boca ;)

¿Y qué vais a encontrar en la novela?
  • De nuevo el mapa de la antigua Grecia con las localizaciones más importantes que aparecen, incluidas las mitológicas como Troya.
  • Glosario de personajes actualizado para este segundo volumen.
  • Más de 440 páginas repletas de drama, batallas, traiciones, sangre, confesiones secretas, y naturalmente con el toque homoerótico en sus escenas más íntimas
  • ¡Un epílogo inolvidable!
  • Y mucho más que habéis de descubrir :>

Recordad que estamos de celebración por este próximo segundo aniversario y por ello he decidido traeros en exclusiva la nueva novela antes de su lanzamiento. Así que podéis reservar una copia de la novela en Amazon por sólo 3 euros, un precio que a partir de mañana subiré. Aprovechad el descuento antes de que sea más tarde :P 
Favor de compartir la entrada en vuestras redes sociales favoritas si os gusta: sólo os llevará un segundo. Gracias!

Para leer la Escena 4 (hoy es casi cuatriple), picar donde pone Seguir leyendo AQUÍ, más abajo.


Saludinessss

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos


Mañana es el gran día y habrá doble celebración: el segundo aniversario y la publicación de la novela. ¡Os espero!








                          El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo



::NO COPIES. SE ORIGINAL::







RAPSODIA II - Escena 4


—¡Llevadme ante el oficial Diokles! Necesito hacer una confesión.

Con los primeros rayos del alba llegaron las órdenes para levantar el campamento poco antes del mediodía. Mientras, los soldados deberían buscar provisiones para reiniciar el viaje hacia Mantinea, al oeste.

Lykaios oyó al prisionero y, sin decir una palabra, lo llevó al encuentro del militar. Sin embargo, Heron, que iba con ellos, le dio una palmada en la espalda antes de entrar en la carpa del jinete.

—Suerte, muchacho. Que Atenea te proteja.


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Diokles lo recibiría con un falso gesto de sorpresa cuando le comunicó su propósito.

—¿A qué se debe este cambio de actitud? —preguntó mientras se sentaba sobre su taburete plegable. —El comandante Pelopidas aseguró que sólo hablarías con él.

El militar lo estudiaba en silencio. El rojo natural de los labios de Argyros se había apagado y ahora aparecían grietas sobre ellos. De la diadema que sujetaba los cabellos, numerosos bucles habían perdido su soltura.

—Mentí al comandante y beotarca Pelopidas.
—¿Y cuál es tu versión de los hechos por los que se te acusa? —preguntó después de cruzarse de brazos.
—Alcé mi espada contra el hoplita Lysandros porque quise, deseo, darle muerte.

Cuando aquellas palabras llegaron a sus oídos, Diokles se alzó y comenzó a redactar sobre el papiro parcialmente escrito que tomó de su pequeña mesa. No reparaba en el prisionero, atado de manos, y no volvió a dirigirle la mirada hasta continuar con el interrogatorio. Estaba convencido de que Atenea lo había traído hasta él. Esta vez, se prometió, no se le volvería a escapar.

—¿Por qué mentiste?
—Me niego a revelarlo —respondió de forma inmediata.
—Te recuerdo que ocultar la verdad no es precisamente lo mejor para ti.

Pero Argyros permaneció en silencio. Su rostro se había endurecido y Diokles creyó que el aire que los rodeaba era cada vez más espeso.

—¿Por qué deseas matar al soldado Lysandros?
—Tampoco responderé a esa cuestión —dijo tras una breve pausa.
—¡Eres un insolente! —lo señaló con el cálamo con el que escribía. —¡Eres una gran deshonra para Tebas y sólo mereces la pena de muerte!
—Haced lo que debáis hacer.

Diokles mandaría llamar a Epaminondas y a Pelopidas. Sólo acudiría el primero. Finalmente, el beotarca conocería lo sucedido el día de la victoria contra Corinto y sería informado con precisión de lo ocurrido. El oficial se recrearía en detalles y le haría entrega de la declaración escrita como colofón. Estaba ansioso porque Pelopidas supiese lo sucedido.

—¿Sabe él algo de esto, oficial? —inquirió Epaminondas mientras examinaba a Argyros.
—Se me ha informado de que el comandante salió poco antes del alba para hacer un pequeño reconocimiento. Se llevó un grupo de soldados para examinar la zona que atravesaremos más tarde —respondió de forma rigurosa.
—Está bien, puedes marcharte. No debe tardar demasiado.


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El comandante irrumpió en el interior de su carpa un rato después. Su rostro estaba desencajado y se había vuelto de un color pálido que lo asemejaba a un espectro. Sin mediar palabra se agarró a los antebrazos de Epaminondas y, negando con la cabeza, lo miró con aquellos ojos perfilados de negro.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Pelópidas. Sus manos parecían témpanos de hielo.

El beotarca estudió al hombre que se aferraba a sus brazos como si fuese un moribundo que sabe que la muerte pronto le robará lo más preciado: la vida, su aliento. Así, la boca se había transformado en una mueca grotesca que le recordaron los días siguientes a la muerte de Timaios.

—Argyros morirá y nada podré hacer… ¿Por qué ha sucedido de nuevo? —la voz de Pelopidas sonaba temblorosa. —¿Por qué ha tenido que confesar ante Diokles un puñado de viles mentiras?
—Argyros no es Timaios. No tienes ningún compromiso… —comenzó a decir. 

No soportaba verlo así. Lo amaba demasiado para ver cómo sufría otra vez.

—¿Acaso conocer el destino que le depara al muchacho no me otorga el derecho de sentir esta tristeza?

Epaminondas, ante la sinceridad con la que sonaron aquellas palabras, lo abrazaría. Después se separaron y Pelopidas se sentó sobre el taburete.

—Disculpa mi atrevimiento pero… ¿tanto vale esa amistad? —se acercó para tomar entre las suyas las manos del comandante. —¿Soy el único en tener la sensación de que lo que sientes por él es demasiado caro?
—Perdóname. Este asunto terminará pronto.
—No. No lo hará. Y es algo que en este preciso instante no puedes ver. A este ritmo todo este asunto acabará trascendiendo y nos veremos obligados a tomar medidas más contundentes.


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Desde el exterior comenzaron a llegar las voces que anunciaban la próxima retirada del campamento. Pelopidas se agitó inquieto sobre el taburete. Aún no podía comprender lo que había hecho Argyros. Se dio cuenta de que aquel joven sólo era una fuente de problemas. ¿Por qué le importaba tanto su suerte? Timaios no era así, sino todo lo contrario. Entonces, ¿por qué no podía dejar de pensar en Argyros?

—¿Tienes la declaración del muchacho? —preguntó Epaminondas.
—¿Qué declaración? Diokles la tiene en su poder…
—No, no. Me refiero a la primera, donde hablaba de su arrepentimiento.
—Sí… la conservo… —mintió Pelopidas. Debía redactarla cuanto antes para tenerla como prueba contra la del oficial.
—Ponla a buen recaudo y no la pierdas. Por otra parte, Diokles estará inevitablemente al frente del caso junto a ti —se le acercó al oído. —Ten siempre presente que el oficial es muy cercano a Lysandros. Tengo la certeza de que no dudará en utilizar todos los instrumentos legales para asegurarse de que Argyros sea condenado.


Continuará...

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