El abrazo de Apolo | Rapsodia II :: Escena 2 - Para leer on line~

En este segundo volumen de El discípulo que ama su maestro vais a encontrar muchos pasajes del pasado de sus principales protagonistas. Reconozco que disfruté mucho "buceando" en sus historias pasadas y experiencias de infancia (Alexios, Kyros) o juventud (Nikandros, Diokles) porque conocí a mis personajes de otra forma. Me mostraron aspectos de ellos mismos que ni siquiera sospeché
Hoy os traigo uno de esos momentos.



El pasado día 20 traje la primera de las escenas de El abrazo de Apolo. Desde entonces y hasta el mismo día de su lanzamiento (el próximo 30 de diciembre), os estoy dejando en mi blog las escenas de la Rapsodia I y varias de la II para que vayáis haciendo boca ;)

Recordad que estamos de celebración por este próximo segundo aniversario y por ello he decidido traeros en exclusiva la nueva novela antes de su lanzamiento. Así que podéis reservar una copia de la novela en Amazon por sólo 3 euros, un precio que a partir del mismo día 30 subiré. Aprovechad el descuento antes de que sea más tarde :P

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Para leer la Escena 2, picad donde pone Seguir leyendo AQUÍ, más abajo.


Saludinessss

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos









                     El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo




::NO COPIES. SE ORIGINAL::







RAPSODIA II - Escena 2


La primera vez que Alexios vio a Diokles fue cuando apenas tenía siete años. Hacía muy poco que había entrado en la mejor escuela de Tebas gracias a la alta posición de su familia y aquella tarde regresaba acompañado de su esclavo. Como el niño tenía muchas ganas de contarle a su padre qué había aprendido de las enseñanzas del maestro corrió cuando a lo lejos vio su casa. Cruzó el patio interior a toda prisa y los esclavos trataron de atraparlo.

—¡Pequeño, deteneos! ¡Hay invitados…!

Pero el niño se zafaba con facilidad y comenzó a burlarlos dando vueltas al tiempo que se reía de los que lo perseguían. Sus pequeñas sandalias se movían con rapidez sobre el suelo de mármol. Cuando logró dejarlos atrás, Alexios huyó y rápidamente abrió la puerta de la habitación donde sabía que encontraría a su padre. Allí, además, sorprendería a dos hombres que lo acompañaban. El pequeño se detuvo cuando los tres se giraron y repararon en él. Éste contuvo la respiración.

—Hijo mío, ¿cuántas veces te he explicado que si esta puerta está cerrada no debes abrirla? Tenemos huéspedes.
—Pero… yo quería… yo quería hablar contigo…
—Aguarda en tu estancia y en cuanto me sea posible iré a verte.
—Sí… —dijo antes de dar media vuelta con el pequeño mentón hundido en el pecho.

Alexios cerró la puerta y encontró a Dyna con un gesto de reproche en su expresión. Lo tomó de la mano y se sentaron en uno de los asientos que había en el patio.

—No me gusta esperar —sentenció enfurruñado. Había corrido desde la escuela para hablar con su padre.

La luz anaranjada del atardecer cubría el suelo de mármol y las golondrinas revoloteaban para zigzaguear de entre las columnas que lo rodeaban. Por fin se abrió la puerta y Alexios dio un respingo sobre el asiento. Sin saber por qué, el corazón comenzó a latirle muy deprisa.

—Alexios, hijo mío, ven aquí.
—Sí, padre —dijo con un fino hilo de voz.
—¿Sabes quiénes son nuestros honorables huéspedes de esta noche? Son dos importantes jinetes que han venido para hablar de nuestra ciudad.

El pequeño los observaba desde allí abajo y enseguida encontró similitudes con respecto a su progenitor. También ellos llevaban el largo cabello recogido con una diadema de plata y uno de ellos tenía barba. El otro parecía más joven y su espalda era amplia.

Un esclavo anunció que la sala estaba lista. Dyna ya le acompañaba a su estancia cuando su padre se les acercó.

—Como Cafisodoro está enfermo, esta noche Alexios se quedará conmigo. Puedes retirarte.

Sentado junto a su padre, el pequeño comía muy despacio. En otra ocasión no tendría reparos en degustar aquellas sabrosas aceitunas o aquel esponjoso pan con carne asada, pero la presencia de aquellos dos varones le cohibía.

—¿Qué has aprendido hoy en la escuela? —preguntó el desconocido de la barba. —Me encantaría ir otra vez.

Alexios esbozó una tímida sonrisa cuando oyó aquella confesión y le prestó atención nada más comenzar a contar sus vivencias pasadas. Éste parecía disfrutar recordando la primera vez que acudió a la escuela y cómo todos sus maestros siempre le regañaban por quedarse dormido al final de la tarde.

—Si necesitas ayuda con la poesía, avísame. A mí me encanta la poesía.
—¿Y vos? ¿También la amáis? —preguntó Alexios al más joven, quien quedaba eclipsado por la charlatanería de su acompañante.
—Prefiero los caballos.
—¡Oh, los caballos…! Ésa es también otra de mis debilidades —confesó el de las barbas, y todos echaron a reír excepto Alexios, quien sonreía al verlos sin comprender aún el juego de los adultos.
—¿Y a ti? ¿Qué te gusta? —le preguntó el otro jinete mientras bebía hidromiel.

Aquella pregunta tomó por sorpresa al pequeñuelo. Se agarró al brazo de su progenitor y de nuevo comenzó a latirle el corazón muy deprisa.

—A mí también me gustan… los caballos... Muy pronto tendré uno para mí… ¿a qué sí, padre?
—Así será. Yo mismo te regalaré tu primer corcel. Somos una familia de jinetes muy antigua e importante de Tebas. No olvides nunca darle las gracias por ello a Zeus, dios todopoderoso.

Así pasaron un buen rato y el niño, poco a poco, daría buena cuenta del pan que volvieron a traer y otra bandeja con carne humeante. Se había dado cuenta de que aquellos dos jinetes eran muy amables con él.

Más tarde, Dyna apareció por el umbral de la puerta con lo que parecía ser un postre. Alexios quedó boquiabierto al darse cuenta de que era una especie de tarta.

—La hice para vos —dijo tras dejarla sobre la mesilla. —Es una nueva receta. Es de queso y estoy segura de que os gustará.

El niño comenzó a aplaudir mientras se acercaba al gran pastel que desprendía un irresistible sabor empalagoso. Sus ojos brillaban y su diminuta lengua se relamía los labios ante la divertida mirada de los mayores. Aquel pastel era lo mejor del día. Alexios creía que gracias a la presencia de los dos jinetes Dyna había hecho aquella tarta.

Mas la velada llegaría a su fin y los dos invitados debían marcharse.

—Ha sido un honor conocerte y compartir este agradable encuentro. Estoy seguro de que nos volveremos a encontrar algún día, Alexios —dijo el de barbas mientras le tomaba de una de sus infantiles manos.
—Hasta pronto, pequeño.
—Por favor, no olvidéis vuestra promesa —dijo desde la puerta de su casa. Ahora sentía que no quería que se marchasen. —¡Os estaré esperando!

Pero cuando el padre iba a cerrar, el niño se dio cuenta de que los dos hombres se besaban al detenerse junto a la esquina de la calle, mucho más allá.

—¿Por qué se… han besado? —preguntó sin dejar de mirar.

Era la primera vez que veía algo así. Sabía que sus héroes favoritos como Herakles o Aquiles e incluso los dioses habían amado a otros jóvenes, pero nunca había visto a dos hombres besarse.

—Porque son amigos que se respetan mucho. Cuando seas mayor también tendrás uno al que querer y aprenderás mucho de él. Cafisodoro tendrá uno dentro de poco.
—¿Cómo si fuera mi maestro?
—Sí, pero también vivirás con él, te enseñará a luchar e irás a muchos sitios a su lado. Como ellos —indicó al señalar la esquina ya vacía. —Te educará para ser un buen joven que ayudará a Tebas a seguir siendo la mejor ciudad de toda Grecia.
—¿Y… tendré que… darle un beso…? —quiso saber después de una breve pausa. No quería darle un beso a su maestro. Era un hombre muy mayor.
—Sólo si quieres.
—Y… si yo nunca… quisiera darle besos,… ¿dejaría de ser mi amigo? —preguntó mientras le miraba con el ceño fruncido.

El hombre se agachó para acercarse a él. Le posó las manos sobre los pequeños hombros y reparó en el broche plateado que sujetaba la túnica. Había pasado de generación a generación y tenía la insignia de la familia.

—Mañana te lo explicaré, mi adorado Alexios. Ahora debemos descansar —dijo con una sonrisa. —Nada temas. Los dioses, y sobre todo Atenea, te protegen.
—Sí, padre.

Y, tras sus palabras, aquél cerró el portón.


Continuará...

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