El abrazo de Apolo | Rapsodia I :: Escena 6 - Para leer on line~

Hoy día 25 de diciembre también quiero regalarte otra escena de mi próxima publicación, en concreto la última de la Rapsodia I. El pasado día 20 traje la primera de las escenas de El abrazo de Apolo. Desde entonces y hasta el mismo día de su lanzamiento (el próximo 30 de diciembre), os voy a dejar en mi blog las escenas de la Rapsodia I y varias de la II para que vayáis haciendo boca ;)

Recordad que estamos de celebración por este próximo segundo aniversario y por ello he decidido traeros en exclusiva la nueva novela antes de su lanzamiento. Así que podéis reservar una copia de la novela en Amazon por sólo 3 euros, un precio que a partir del mismo día 30 subiré. Aprovechad el descuento antes de que sea más tarde :P

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¿Y qué vais a encontrar en la novela?
  • De nuevo el mapa de la antigua Grecia con las localizaciones más importantes que aparecen, incluidas las mitológicas como Troya.
  • Glosario de personajes actualizado para este segundo volumen.
  • Más de 440 páginas repletas de drama, batallas, traiciones, sangre, confesiones secretas, y naturalmente con el toque homoerótico en sus escenas más íntimas
  • ¡Un epílogo inolvidable!
  • Y mucho más que habéis de descubrir :>


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Para leer la Escena 6 (hoy es casi triple), picar donde pone Seguir leyendo AQUÍ, más abajo.


Saludinessss

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos








                       El abrazo de Apolo - Eleanor Cielo -(c) -Eleanor Cielo






::NO COPIES. SE ORIGINAL::







RAPSODIA I - Escena 6

Después de que Argyros y Lisandros salieran de la carpa, Diokles y Pelopidas necesitaban dictaminar cuáles serían las medidas provisionales hasta que fuese juzgado por un tribunal en Tebas.

—Ya habéis sido testigo. El prisionero se rehúsa a hablar —aseveró el comandante.
—Esa insolencia empeorará el dictamen. Cuando regresemos, probablemente sea desterrado de la ciudad para siempre.
—Sin embargo, no todo está perdido para él.
—¿Y bien? —preguntó Diokles.
—El muchacho está profundamente arrepentido.
—¿Habló con vos? —inquirió con cierta incredulidad.
—Sí, antes de reunirnos.
—¿Qué os confesó? ¿Por qué se ha negado a hablar antes cuando tuvo la oportunidad? No está en posición de desaprovecharla…
—Está profundamente arrepentido por lo que sucedió. Jamás había empuñado una espada o arma contra tebano alguno… —dijo Pelopidas.
—Pero ello no le excusa de lo que hizo…
—Naturalmente no lo hace, pero…
—¿Sí?

Muy a su pesar, Diokles no quería reconocer que un protegido debía de abandonar a su mentor si éste era cruel o infiel. Conocía las leyes y en ellas se amparaba la protección de los muchachos contra los posibles casos de abuso a los que se viesen sometidos. No le eran ajenos los numerosos casos que conocía, pero siempre habían sido lejanos. Sin embargo, esta vez se trataba de su amigo Lysandros y no de un extraño. ¿Y si Alexios ha sentido alguna vez que ya no quiere estar conmigo…?

Por su parte, Pelopidas parecía reflexionar y, tras una pausa, explicó su veredicto.

—En vista de que el prisionero es incapaz de responder ante los dos debido a su estado, he decidido que lo mejor será que me ocupe personalmente del caso hasta llegar a Tebas. Creo que debemos zanjar este asunto cuando antes.
—Pero…
—Está decidido, oficial Diokles. Aprecio tu interés pero, como beotarca, estos hombres y tropas son mi responsabilidad.


-----∞0∞-----


Argyros caminaba sobre el suelo encharcado y la lluvia golpeaba el manto que lo cubría. Heron y Lykaios lo llevaban hacia una oquedad en las rocas cercanas a la espera de que llegase el nuevo día. Se acomodaron y uno de ellos encendió la pira que habían preparado. El otro comenzaba a repartir algunas piezas de fruta cuando Lysandros surgió de repente.

—Necesito hablar con él —dijo señalándolo.
—¡Has perdido el juicio! No puedes acercarte al prisionero —masculló Heron.
—Sólo será un momento…
—Ni hablar. Aléjate de aquí o…
—Está bien. Pero sólo será un momento. Escóndete detrás —dijo Lykaios.

El centinela creía que todo había sido un malentendido y deseaba que el muchacho preso no fuese condenado. Por esa misma razón cuando vio a Lysandros vio en ello aquella oportunidad.

—¡Maldición! Yo no quiero saber nada —Heron estaba realmente enfadado. —Si alguien se entera de esto, correremos peor suerte que el muchacho.

Lysandros entró en la oquedad, ocultándose tras Argyros y Lykaios.

—Te aseguro que no te pasará nada. Pelopidas es un hombre justo e intercederá por ti…

Lykaios no podía creer lo que estaba oyendo. Lejos de asumir la responsabilidad de sus actos, pensó que Lysandros era un cobarde.

No terminaría de decir aquellas palabras porque el muchacho, atado, se abalanzó contra su antiguo amante y lo golpeó con los pies. Caería al suelo y los dos centinelas lo apresaron inmediatamente.

—Te dije que no era buena idea…
—Márchate, Lysandros —señaló Lykaios.
—¡No me rendiré! —indicó antes de irse.

Cuando la lluvia cesó y la luna comenzó a asomar de entre las nubes, Lykaios fue al encuentro de Lysandros. Debía hablar con él. Ahora se daba cuenta de que había sido un error su intento porque se reconciliasen.

—Lysandros. Voy a ser breve. Renuncia a Argyros de una vez —dijo Lykaios.
—¿Cómo te atreves…?
—No eres consciente de cómo tus acciones lo perjudican…
—No te atrevas a hablarme así…
—Siento decirte esto pero… por tu irresponsabilidad está preso. Quién sabe qué será de su vida si es juzgado en Tebas… ¿No te importa su suerte?
—¡Deja de escupir ofensas sobre mí…! ¡Eres despreciable! —replicó Lysandros.
—¡No te ama! Eso es lo que en el fondo te aterra. Y te ciega. ¡Por eso estás ciego! —sentenció Lykaios con un dedo amenazador.
—¡Maldigo la hora en que te conocí! Nunca debí de confiarte mis pensamientos más íntimos… ¡Que la ira de Ares caiga sobre ti! Yo no lo lamentaré.
—Aléjate de él o te delataré…
—¡Eres un embustero! Diokles me protege y no permitirá que le engañes con mentiras.


-----∞0∞-----


Cuando Pelopidas llegó, el prisionero estaba junto al fuego y era custodiado por Heron. Después despachó al centinela para acomodarse junto a Argyros. Había reflexionado y ahora tenía a Diokles fuera del caso. Tenía la certeza de que podría salvarle la vida, de que Atenea por fin estaba de su lado. Por un momento, el comandante quiso abrazar al muchacho y confesarle que todo saldría bien. Pelopidas se había dado cuenta de que Argyros necesitaba saberse amado.

—Toma, te traje carne asada. Debes estar hambriento.

Mientras el joven comía con voracidad, Pelopidas oía cómo la leña crepitaba bajo el poder del fuego. Su rostro parecía entrar en una especie de calma que suavizó su expresión anteriormente endurecida.

—Te confieso algo —dijo con una sonrisa. —De entre mis muchas amistades jamás conocí a un muchacho tan testarudo como tú.

Con afecto le apartaría los bucles que se habían desprendido de la diadema.


Continuará...

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