La lengua de Eros | Rapsodia IV :: Escena 9 - Para leer on line~

La última escena de la Rapsodia IV está reservada de forma exclusiva a Aquiles y a Patroclo. Los jóvenes, criados bajo la tutela del centauro Kheiron, siguen en el Monte Pelion y a las orillas del Mar Egeo.

La relación que une a nuestros protagonistas ha madurado con el tiempo y han estrechado unos sólidos lazos de amistad. No obstante, ¿será siempre así?

 Achilles and the Centaur Chiron por Nicolas Bernard Lépicié. 1769

A partir de mañana inicio unos días de descanso en lo que a actualizaciones de La lengua de Eros se refiere. Probablemente el próximo domingo o lunes inicie la Rapsodia V que viene cargadita de acontecimientos, aunque ya veré qué día es el más adecuado. En función de vuestra respuesta con las subidas durante esta semana actualizaré más o menos seguido. Si veo cierto interés, continuaré subiéndola y si no es el caso pues me centraré en subir las otras historias o descansar un poco de tanto blog ;) 

Nada más por hoy. Favor de compartir la entrada en vuestras redes sociales favoritas si os gusta: sólo os llevará un segundo. Gracias!

Buena semanaa :3

Saludinessss

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos













RAPSODIA IV - Escena 9



Aquiles tensó el arco y clavó la flecha con precisión sobre el gran jabalí. Patroclo portaba una lanza con la que se acercó para ver si el animal aún seguía con vida.

—Está muerto.

El centauro Kheiron los aguardaba más allá. Los había acompañado en la cacería y se jactaba de que ambos aprendían muy deprisa, especialmente Aquiles.

—Cuando seáis adultos, lograréis alcanzar la gloria propia de los héroes —dijo al acercarse. —Magnífico es el ejemplar que has capturado. Agradece a Artemis, diosa de la caza, quien te ha ayudado a batir a este poderoso ser.

Habían transcurrido varios años desde aquel día. Ahora se hallaban inmersos en plena adolescencia, donde ambos habían experimentado el despertar de la madurez en sendos cuerpos. Atrás habían quedado los días de la infancia y la sencillez de la inocencia envuelta en las sonrisas de Aquiles.

Patroclo había desarrollado una sólida anatomía que continuaba proporcionándole aquel aspecto rústico donde el negro de su cabello acentuaba sus formas angulosas.

La belleza de Aquiles también había sorprendido a las ninfas del monte. Era esbelto, rápido cuando avanzaba con la espada, la honda y la lanza. Sus pies levantaban el polvo del suelo cada vez que corría hasta la playa.

Sin embargo, mientras Patroclo conservaba su condición templada y sencilla, Aquiles había desarrollado mucha más confianza. Su carácter intrépido no tardó en sobresalir.

—Mi nombre será conocido en toda Grecia y más allá de sus fronteras —le confesó junto al mar.

Cuando regresaron aquella misma tarde, la musa Kalliope decidió aplazar las lecciones de canto. El profeta Calcas había llegado al Monte Pelion, paralizando las actividades rutinarias de los muchachos. Intrigados, fueron a recibirlo a la llamada de Kheiron.

—Así es. Soy nieto del dios Apolo. Una verdad que llevo en mi lengua desde que fui concebido.
—Por ello magno es Apolo de entre todos los dioses —alabó el centauro.

Los jóvenes estudiaban al profeta, un anciano de barbas y cabellos canosos con aura misteriosa.

—Así que eres Patroclo y tú Aquiles —señaló mientras se dirigía a cada uno de ellos.

Parecía examinarlos con aquellos ojos agrietados.

—¿Traéis noticias del rey Peleo? —interrogó Kheiron.
—La guerra en Troya está próxima —respondió el anciano.
—¿A qué guerra os referís?

El adivino se levantó.

—Aquiles, cuando seas mayor de edad los griegos y los troyanos se batirán en una larga, cruenta guerra. Lo indestructible de Troya quedará reducido en pedazos.
—¿Así lo han dicho los dioses, venerado Calcas? —preguntó el centauro.
—Aquiles, debes estar presente.
—No puede ser… —susurró Patroclo.
—Para que los griegos venzan, es imprescindible que Aquiles luche contra Troya —insistió el profeta.
—Cuando cumpla la mayoría de edad, acudiré a las puertas de Troya para honrar a mi estirpe. Si ese es el deseo de los dioses, yo cumpliré sus designios.

Patroclo había oído con atención la conversación y cuando el profeta lanzó aquellas palabras, no tuvo dudas acerca de lo que había oído junto al mar.

Sopesaba el contenido de la profecía. Él no estaba tan entusiasmado pero comenzó a detestar la presencia del anciano, quien había irrumpido para desfigurar sus vidas.

—La guerra durará diez años. Debes ejercitarte sin descanso para poder vencer, hijo de Peleo.
—Me encargaré personalmente de ello —apuntó Kheiron. —Nadie es más veloz que él.

Aquiles paseaba de un lado a otro, resuelto.

—No obstante, hay algo importante que debes conocer, joven —comentó enigmático el profeta.
—¿De qué se trata?
—Antes de que llegue la fecha señalada, podrás elegir.
—¿Elegir…?

Cuando acudió la noche, los dos muchachos se dirigieron a la habitación y Aquiles se desplomó sobre la cama.

Patroclo cerró la puerta. Desde allí observó a su compañero.

Dentro de sí sólo tenía un deseo pero éste parecía desvanecerse por momentos. Aún guardaba una pequeña esperanza y por ello imploraría en los años sucesivos a Atenea, la protectora de los héroes.

Como el otro parecía ausente, seguramente enredado en las palabras de la profecía, lo vio como nunca antes lo había hecho. Era como si delante tuviera a otro Aquiles, como si también él fuese otra persona diferente. Le dolía el pecho y tenía un nudo en la garganta.

Se sentó junto a él para reclinarse a su lado y comenzó a besarle el hombro desnudo. Lo hacía despacio, casi de puntillas.

Se le antojó ascender por el cuello y, cuando le dio el segundo beso junto a la barbilla, Aquiles pareció despertar. Patroclo lo miraría a los ojos.

—Te amo, Aquiles. No huyas de mí ni de mis brazos. El amor que te profeso y que te entrego es sincero.

Lo acercó a sus labios y se fundieron en un cándido beso. Patroclo tenía la piel caliente y supo que sólo el joven podría calmarla. Habían inaugurado sus primeros besos adultos.

El mayor ondulaba igual que lo hacía Aquiles. Jadeantes, sus lenguas se resbalaban y advirtió una salvaje erección. Era consciente de cómo sus cuerpos habían despertado de forma violenta porque una columna de lava sacudía sus genitales. Quería hacer trizas las túnicas que se interponían entre ellos.

El más joven se montó a horcajadas sobre él, balanceándose para golpearle el abdomen con la carne tirante, quedando enfrentada para que Patroclo la atrapara entre sus dedos ásperos. El néctar de Aquiles emanaba con fluidez.

Cuando eyaculó, quedó extasiado por la fuerte presión que sintió al introducirse en sus entrañas. Aquiles se alzó y el semen comenzó a escurrirse por las veloces piernas. El de cabello negro las abordó para lamerlas, descubriendo así la carne inflamada. Hervía y estaba pegajosa.

—Permite que usurpe tu esencia y beba de ti.
—Sáciate, mi fiel Patroclo.

Separó los muslos para recibir la boca codiciosa que lo mordía.

—Así… así, más…

Antes de que Aquiles inundara su garganta, éste le agarró del cabello y tiró de él mientras los espasmos propulsarían su esperma hacia el exterior.

Ante aquel placentero dolor, el mayor le introdujo un dedo y luego otro, perforándolo en nombre de Eros. El de Thetis se quejaba pero repetía sin cesar que no se detuviera.

Se dejó caer sobre el lecho para recuperar el aliento. Al cabo de un rato, percibió cómo lo rodeaban los brazos de Aquiles mientras Patroclo volvía a penetrarlo.


Continuará...

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Apolo: dios de la belleza, de la armonía, de la verdad, hijo de Zeus.
Aquiles: hijo de Peleo y Thetis, amado de Patroclo.
Artemis: hermana de Apolo, diosa de la caza, de las doncellas.
Calcas: adivino.
Kheiron: centauro, tutor de Aquiles y Patroclo.
Patroclo: amante de Aquiles.
Peleo: padre de Aquiles.
Thetis: ninfa del mar, madre de Aquiles.


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