La lengua de Eros | Rapsodia IV :: Escena 8 - Para leer on line~

La penúltima escena de la Rapsodia IV está dedicada a uno de los personajes de mi novela que sí existieron en el pasado, si bien su vida privada es pura invención mía ;) He de confesaros que hacer este tipo de ejercicio creativo-literario-histórico es todo un reto porque para mí es como crear desde 0 un puzzle con algunas piezas ajenas ya dadas. 

De todas formas, disfruté mucho haciendo eso con cada uno de los personajes históricos con los que he trabajado, desde Alejandro Magno de Alejandro hasta Cafisodoro por poner varios ejemplos. Eso sí, he de insistiros para que no busquéis info sobre ellos porque supone un riesgo que os encontréis con revelaciones importantes de la trama que pueden estropear la sorpresa. Aunque me invento sus lados privados tiendo a respetar o reproducir casi en su totalidad cómo fue su vida hasta el final de sus días.

Dicho esto, ya cada quién es responsable de mirar o no quién fue Epaminodas, Pelopidas o Gorgidas entre otros mortales históricos que se incluyen; o conocer más de cerca los mitos que aparecen como el de Ganymedes o la historia de Aquiles y Patroclo. Yo ya he avisado :> 

Para leer la Escena 8 de la Rapsodia IV, picad donde pone Sigue leyendo AQUÍ.

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Nada más por hoy. Ojalá os guste! ;)


Saludinessss

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos















RAPSODIA IV - Escena 8


Muy temprano, Pelopidas entró en el gimnasio de Iolaus. Pronto acudirían algunos conocidos, amigos y varios subordinados del Batallón que lideraba. Dialogaría con algunos en el vestuario antes de salir a la palestra.

El comandante era también conocido por su dilatada carrera de atleta. Su entrenamiento requería de una entrega casi obsesiva porque desde muy pronto había abrazado un estilo de vida basado en la moderación y en el sacrificio personal.

Por esa razón no reparaba en los numerosos muchachos que entrenaban próximos a él ni en cómo algunos lo observan con visible admiración. Si lo normal hubiera sido que un ciudadano bien posicionado como él se interesara en aquellas nuevas generaciones, él tenía otros asuntos en mente: Esparta. No tenía tiempo para tomar a uno de aquellos jóvenes impacientes como pupilo, domesticarlo, aplacar ese fuego de juventud.

—¿Sería posible tomar un poco de agua de vuestro jarrón? El mío acaba de romperse…

Un muchacho, de aquellos que solían frecuentar el recinto, se le había acercado.

—Naturalmente. Bebe cuanto necesites. Hay suficiente —dijo Pelopidas ofreciéndole el recipiente.
—Gracias, señor… —se acercó contoneándose como si fuese una serpiente.
—El agua es fundamental para el hombre y para el cuerpo. Así lo han expuesto los filósofos —aseveró. —Y ahora he de proseguir con mis ejercicios.


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El muchacho se alejó desconcertado y se apoyó sobre una de las columnas de la galería para continuar observándolo.

Tenía un cuerpo bien proporcionado, aunque sus músculos no eran tan prominentes como los de otros amantes que había tenido. Estaba cubierto por aquel aceite que se había mezclado con el polvo del suelo. Desde allí parecía una elegante estatua de bronce.

Admiraba el carácter adulto de la barba, simétrica y bien perfilada. Los cabellos rizados, sujetos con una diadema que no lograban apaciguar su rebeldía. Cuando habló con él, le sorprendió la entereza de aquella mirada y se descubrió a sí mismo intrigado.

De esta forma transcurrió buena parte de la mañana y finalmente el varón se dirigió a la estancia del baño. Lo siguió con sigilo.

Una vez allí, creyó que espiaría cada uno de sus movimientos. Quizá, con suerte, podría seguirlo hasta su casa. Cuando entró pensó que se serviría de lo concurrida que estaba la sala para intentar pasar desapercibido, pero no contó con que su presencia sería advertida por otros que lo estudiaron con interés.

Ladeó la cabeza e intentó no cruzar miradas, pretender que nadie reparase en él. Pero no era tan fácil. Jamás había deseado lo contrario y llegó a la conclusión de que no sabía cómo hacerlo.

No tardó en aproximarse el par de varones que lo había vigilado desde que entrara en la habitación. Habían estado murmurando entre risotadas, miradas fugaces.

Pero él examinaba al militar de reojo, en la otra esquina.

—Mi amigo y yo nos preguntábamos si habéis encontrado ya un mentor.
—Porque si no es así considero que tienes delante al más indicado. Poseo tierras, una excelente posición, caballos. ¿Qué me dices?
—¿Has escuchado algo de lo que mi amigo acaba de decir…? —expresó molesto.
—Excusadme, nobles ciudadanos —esta vez les dirigió la mirada. —No estoy interesado.
—Deberías pensarlo mejor…

En ese preciso momento, el varón abandonó el lugar. Entonces apremió la conversación, oyéndolos antes de salir por el umbral.

—¡Qué lástima! Es un hermosísimo hombre. ¡Ojalá los dioses hubieran permitido años antes este encuentro…!
—Podrías haberle sonsacado siquiera su nombre…
—¡Ay, por Zeus! ¡Cuánta razón tienes…!

Tras finalizar la jornada, abandonó el gimnasio. Cruzó la cancela y se encaminó hacia el sur.

Detrás iba el joven, confundido entre otros que dejaban atrás el recinto. Callejearon y, en un recodo, sintió cómo alguien lo atrapaba con brusquedad del brazo.

—¡Jovenzuelo! ¡Cuánto tiempo! —exclamó una voz conocida.



Continuará...


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Pelopidas: importante líder tebano.

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Zeus: padre de todos los dioses del Olimpo, esposo de Hera.

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Palestra: escuela de lucha.

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