La lengua de Eros | Rapsodia IV :: Escena 6 - Para leer on line~

Mentiría si dijera que la pareja formada por Diokles y Alexios no es de mis preferidas. Son uña y carne pero da la impresión de que aún no terminan de darse cuenta. El oficial y el efebo guardan un pasado que bien podría explicarlo... pero todo a su tiempo ;)

Hoy les vemos en una de esas escenas tórridas que harán las delicias de lxs más amantes de la homoerótica

Por otra parte, anunciaros que en octubre seguiré subiendo las rapsodias, aunque no seguidas. Es decir, una semana sí y otra no habrá nuevas subidas.

Podéis haceros con un ejemplar del ebook de La lengua de Eros aquí en el blog, en Amazon, Kobo Books y en Payhip. Si veis diferencias de precios es porque en las diversas plataformas una parte importante del precio se lo quedan ellas (en el caso de Amazon, el 70% del precio final). Con esto no digo ni que me parezca bien ni mal que apliquen sus tarifas: las plataformas son muy útiles para lxs autorxs noveles y, naturalmente, usarlas tiene sus pros y sus contras.

Por esa razón, aquí en el blog su precio es algo más barato (aunque Paypal también se queda su porcentaje... todo hay que decirlo). Como veis, lejos queda eso de que me vaya a hacer rica :P

Pero, al margen de bromas, creo necesario comentaros las razones de los diferentes precios que podéis encontrar a la hora de comprar la novela. No se trata de mero capricho ni de que quiera engañar a nadie, sino que responde a una lógica :)

Nada más por el momento. 
Para leer la Escena 6 de la Rapsodia IV, picad donde pone Sigue leyendo AQUÍ.

Sería genial si compartierais la entrada en vuestras redes sociales favoritas si os gusta: sólo os llevará un segundo y a mí me haréis un gran favor. Gracias!

Buen finde y hasta mañana ;)


Saludinessss

Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos













RAPSODIA IV - Escena 6


—¿Y si los dioses no desean que regreséis? No quiero imaginarlo…
—Precisamente deberías confiar más en ellos —dijo distraído.
—Pero no podré velar por vos. No podré protegeros…
—Pronto estarás capacitado para batirte en batalla. Tu aprendizaje en el arte de la guerra comenzará cuando lleguen las primeras lluvias.

Alexios insistía.

—No conseguiré conciliar el sueño porque desconoceré cuál será vuestra suerte.
—Implora a la gran Atenea. Ella siempre protegió al héroe Iolaus en sus muchas aventuras con Herakles —reveló Diokles.
—Que la solemne Atenea os proteja frente a los espartanos, que regreséis sano y a salvo a…

Se detuvo, sonrojado cuando se percató de las palabras que iba a decir.

—Continúa —acercó los labios.
—…a Tebas.
—¿Estás seguro de que era eso lo que exactamente querías decir? —se aproximó un poco más.
—Sí…
—En ese caso, no tengo nada más que añadir. Que así sea.

Le dio la espalda y apagó la llama de la lámpara de aceite.

El muchacho quedó desconcertado y, a oscuras, permaneció sentado sobre la cama. Contempló el perfil de Diokles tumbado a su lado, y no tardó en abalanzarse para quedar frente a él, encajado entre sus brazos macizos.

—¿Y este arrebato?
—No digáis nada, por favor. No podría concebir mi vida sin vos… Lo sabéis, os gusta jugar con ello. Sois cruel.

Sintió su gran lengua en la boca y Alexios le tomó el rostro entre las manos. Notaba la barba recortada contra las palmas y luego se enredó en la larga melena que comenzó a acariciar.

—Regresad de la guerra, querido Diokles. Regresad a mis brazos, a mi boca, a mi cuerpo.

Alexios se arrodilló. El oficial comenzó a succionarle los genitales que pendían hacia abajo, hinchados. Los atrapó con la lengua, le pellizcó las nalgas. A veces las presionaba contra sí y las azotaba sin descanso. El muchacho no podía hablar.

Cuando Diokles lo perforó con un dedo, supo que su esperma le había inundado la boca y dejaría escapar un largo quejido.

Se desplomó después de eyacular pero no pudo descansar. Algo caliente y rígido se abría paso por sus piernas temblorosas. Le faltaba el aire, sus uñas le arañaban la espalda.

Diokles insistía una y otra vez mientras gemía. Lo abrazó cuando el semen brotó copiosamente al extraer la violenta y resbaladiza carne de entre sus nalgas. Había conocido de nuevo el orgasmo.

Se tendió para agarrar del brazo a Alexios, quien yacía exhausto, sudado a un lado. Lo besó con ímpetu sin darle tiempo a reaccionar y luego le apartó los cabellos que le caían sobre los hombros. Sentía los labios inflamados, la cara le quemaba.

—Siéntate encima de mí. Muévete despacio para que yo pueda ver cómo entra y cómo sale de tu cuerpo —indicó Diokles con aquella voz rasgada.


Continuará...

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