La lengua de Eros | Rapsodia II :: Escena 6 - Para leer on line~

Hoy domingo llegamos al final de la Rapsodia II. A lo largo de esta semana he ido desgranando las escenas que la conforman y la única que aparece en la Rapsodia I. Ésta última varios años después de que suceda todo (por si os habéis despistado :P).

Pues bien, cada Rapsodia viene a estar compuesta de una media de 6 escenas donde se alternan el mundo de los hombres, el de los héroes y el de los dioses. Es decir, uno de mis propósitos en El discípulo que ama su maestro es combinar lo que fueron las diversas esferas de la mitología griega con la humana para enriquecer las experiencias que mis personajes tendrán a lo largo de los dos volúmenes: La lengua de Eros y El abrazo de Apolo.


La sinopsis en caso de que no la conozcáis aún:

Tebas, Antigua Grecia.

La celebración del compromiso entre Nikandros, jinete destacado, y Kyros, su hermoso pupilo, es el acontecimiento más comentado de la ciudad.
Al banquete también acudirán Alexios y Diokles. Éste, amigo íntimo de Nikandros y oficial de la caballería, vive preso de un incómodo secreto.
Por su parte, los sentimientos encontrados entre Lysandros y Argyros, pareja de amantes del Batallón Sagrado, sólo acaban de comenzar.

En el año 362 a.C., la ciudad griega de Tebas alcanzó su esplendor. Inspirados por dioses y héroes mitológicos, su poder se extendió gracias a sus hombres, guerreros decididos y apasionados, que no dudaron en creer que lo lograrían.

Ésta es su historia.

Para leer la Escena 6 de la Rapsodia II, picad donde pone Sigue leyendo AQUÍ.

Nada más por hoy. Ojalá os guste! Hasta prontito


Eleanor Cielo~
Novelas adultas para corazones adultos











 RAPSODIA II - Escena 6



Nikandros y Kyros se hallaban en el patio interior. Los invitados se habían marchado, la gran sala había quedado vacía, a oscuras. Alzó la vista al cielo estrellado y señaló.

—Mira la Vía Láctea. Hoy se ve resplandeciente.
—Recuerdo a mi maestro explicando cómo fue creada —dijo Kyros.
—Te escucho.
—El gran Herakles había nacido de la infidelidad entre Zeus y la reina Alkmena. Ella era mortal, por lo que la esposa de Zeus, Hera, no tuvo reparos en conspirar contra su descendencia. En una ocasión, el padre de los dioses la engañó para que le diera el pecho al niño Herakles.

Se apoyó sobre una de las columnas y Nikandros lo siguió, interesado, para situarse junto a él.

—Pero Hera se percató de que estaba amamantando al hijo ilegítimo. Airada, lo apartó de forma violenta y un chorro de leche salpicó el cielo. Así nació la Vía Láctea.

Nikandros le tomó de una mano y lo besó antes de que hablara. Volvía a sentir los labios contra los suyos mientras el silencio del patio los envolvía. Así permanecieron hasta oír a lo lejos el graznido de una lechuza.

Como había sido sorprendido, Kyros cerró los ojos, sonrojado. Luego, le acariciaría el cuello y la barbilla.

—Sabes muy bien que esta noche es especial para ti y para mí —le rozó con delicadeza los labios. —¡Eres tan bello...!

Lo ciñó contra las costillas. Se dio cuenta de que jadeaba, de que las palmas de las manos le sudaban. Bajo las túnicas podían adivinarse los juegos ocultos de sus sexos erectos.

Kyros dejó escapar un leve quejido de placer y se desmayó entre los brazos que lo aferraban.


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Cuando despertó, se dio cuenta de que estaba en la habitación.

—¿Qué ha sucedido? —quiso saber tras incorporarse.

Lo observaba un varón mayor que él, cuya mirada de ojos verdes le intimidaba. Sus mejillas, pobladas por una barba corta y simétrica, le daban un aspecto masculino instintivo que lograba en la mayoría de las veces abochornarlo. Nikandros yacía tendido junto a él. Parecía estudiar su alma.

—¿Alguna vez has sentido cómo el tiempo se detenía?
—Yo…

Pero no tuvo tiempo de responder porque comenzó a desvestirse para luego aparecer desnudo frente a él. Kyros se mordía el labio.

—Ven, aflójate la túnica. Aquí, delante de mí.

Sacudido por aquella recia voz, obedeció sin dudarlo.

Nikandros circulaba a su alrededor. Lo contemplaba en silencio, con aquellos ojos vidriosos y verdes como el fondo del mar en verano.

Como tuvo una erección, se ocultó los genitales con las manos.

—No te cubras —se las apartó con suavidad.

Acercó una jarra de vino y un par de copas. Se la ofreció y bebieron, pero el muchacho volvió a derramar el líquido por las comisuras de los labios.

El mayor no detendría los hilillos rojizos que comenzaron a deslizarse por el cuello, los pezoncillos, el vientre; desorientándose en el pubis rasurado.

Así, lo tomó de la mano y lo tendió con exquisitez sobre la cama. Kyros seguía estremeciéndose, asustado cual cervatillo de la diosa Artemis.

—¿Por qué tiemblas? —preguntó al tumbarse sobre él.
—No estoy temblando…

Sabía que mentía, que tenía la piel erizada y una sed inexplicable. El cuerpo ardiente de Nikandros, pegado al suyo, lo estaba incendiando. Podía apreciar aquel suave aroma a vino que se escapaba de sus labios cuando se le acercaba al oído y le susurraban.

—No temas, no te haré daño —lo besó despacio.

Nikandros lamía el sexo erguido sin retirar aquellos ojos brillantes. Kyros se mordía los labios, comprimía las piernas sin demasiado éxito.

—Despiertas en mí algo salvaje que no acabo de adivinar...

Antes de terminar sus palabras, le introdujo un dedo ya humedecido. Desde allí, notó cómo lo agitaba. Como había lanzado un lastimero alarido, vio aquella sonrisa maliciosa del jinete.

—Mi señor… —indicó entre espasmos —pronto me derramaré…
—Hazlo, mi bello Kyros. Quiero ver tu rostro retorcerse junto al mío, saber que soy el artífice de este goce que experimentas.

Sintió otro dedo intruso que se abría paso entre sus piernas.

—¡Ahhhhh! Mi señor… —curvó la espalda, aferrándose a los brazos vigorosos del mayor.
—Eso es, mi Eros amado. Córrete, prueba la armonía de esta unión.

Nikandros parecía hallar irresistible la mezcla del semen con el vino anteriormente derramado porque chupaba con tanta fuerza que Kyros creía que volvería a desmayarse.

—Disculpadme, no quería ensuciar el camastro…

Cuando lo alzó para acomodarlo a horcajadas sobre él y luego abrazarlo, el muchacho sollozó tembloroso. Sentía cómo aquella enorme lengua de fuego avanzaba a través de él. Oía entre gemidos las órdenes de Nikandros.

—Así, muévete así…
—¿Os place, mi señor? —rebotaba sobre los genitales.

Lo tomó entre los brazos y notó cómo apresuraba la agresividad con la que lo sacudía. Pronto eyaculó, sumido en un círculo de dolor, de goce.

Nikandros había hecho brotar el semen de su interior. Separaron sus cuerpos y los fluidos se derramaron sobre el lecho.

Kyros se tendió sobre el pecho del jinete, descubriendo la aurora que lo envolvía. Después, ya finalizada la noche, el sueño le sorprendería desarmado.


-----∞0∞-----


Eros y Dionysos, llenos de lujuria, sonreían ocultos.

Afuera, la diosa Eos había extendido el alba para anunciar la llegada del nuevo día que Helios, su hermano, había preparado para el cielo de Tebas.



Continuará...

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Herakles: héroe y amante de Iolaus. Hijo de Zeus.
Zeus: padre de todos los dioses del Olimpo, esposo de Hera.
Hera: reina de los dioses, esposa de Zeus.
Artemis: hermana de Apolo, diosa de la caza, de las doncellas.
Eros: dios del deseo, del amor sexual entre hombres.
Dionysos: dios del vino, del caos, del éxtasis.




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