Cosmos | Volumen III :: Para leer on line~

Muy buenas!

Después de la resaca por la publicación de La lengua de Eros, vuelvo a la actividad usual del blog y continúo subiendo algunas de mis obras para que las leáis aquí, on line. 

Esta vez, el tercer volumen de Cosmos.


Con motivo del primer aniversario he comenzado a subirlo por volúmenes para que podáis leerlo aquí on line, en el blog.

Ésta es la sinopsis
Ibrir y su comunidad viven en el desierto, son nómadas y su vida transcurre de forma apacible. Cuando el joven abandona el gran arenal para visitar de nuevo la ciudad de Marrakech lo hace con unas órdenes precisas y por ello acude sin expectativas. Todo hace prever que su estancia en la gran urbe será rutinaria.
Pero allí conoce a un desconcertante extranjero cuya presencia sacude el pequeño mundo del muchacho, un enigmático hombre de origen incierto que secuestra su alma para descubrir -junto a él- los placeres carnales que le revelan un amor incondicional.
Sin embargo, esta relación no es aceptada por toda la comunidad y surge un complejo e intenso triángulo amoroso que trenzará sus vínculos y transformará sus vidas para siempre.

Más abajo tenéis el tercer volumen para leer, donde pone Sigue leyendo AQUÍ.

Subiré hasta ocho capítulos de un total de dieciséis que conforman la novela, por lo que será necesario adquirirla para leerla en su totalidad. Mención especial a aquellas personas que lo siguen comprando

Recordaros que se trata de una obra con todos los derechos reservados, por los que queda totalmente prohibida la reproducción o publicación total o parcial de la obra sin la autorización expresa de la autora.

Espero vuestros comentarios: sólo os llevará menos de un minuto y sinceramente creo que no pido tanto, sobre todo si seguís la historia u os descargáis los volúmenes ;) 

Ojalá fuerais consciente de lo importante que son los comentarios para todas aquellas personas que escribimos y compartimos de forma gratuita nuestras obras. 
De corazón os lo digo.


Esto es todo de momento. Besotes y buen finde para todxs!!


Eleanor Cielo~
Homoerótica Azul. Léela. Ámala






::NO COPIES. SE ORIGINAL::




 CAPÍTULO V

Se despertó mucho antes que él. Tal vez porque el sueño no le había devorado las entrañas de forma inconsciente e ignoraba la rutina de vagar días y noches por el trazado laberíntico de la ciudad. Se incorporó y reparó en que el letargo les había sorprendido en medio de varios cojines extendidos sobre la base de varias alfombras púrpuras que aún conservaban el calor de la lujuria acumulado sobre ellas.

El joven tuareg se empapó de los suaves aromas que en la habitación aún flotaban, pudiendo discernir aquéllos que juzgaba nuevos, que habían invadido por vez primera aquel secreto lugar. Esbozó una sonrisa al cerciorarse de que los vapores de su amante buscaban grietas ocultas en la estancia para contenerse en ellas, unirse en un manso descanso y desde allí repartir sus bendiciones hasta mucho después.

La claridad del día continuaba derramándose a través de los cristales de la ventana, escurriéndose por las rendijas que las cortinas no habían conseguido ocultar. Ahora los colores eran mejor percibidos, salpicaban la visión con matices realmente vivos, en amplio abanico, para realzar los ángulos de las formas, las diferentes texturas, las luces y sombras.

De nuevo suspiró mientras cerraba los ojos. Esta vez, al abrirlos, dirigió la mirada a su compañero quien yacía tumbado a su lado. Completamente desnudo y ungido por la progresiva y sumisa claridad del día, se admiró de sus formas angulosas; una espalda amplia y soberbia que había sido salpicada por pequeños rasguños que reconoció como suyos. Vino a él una mezcla de sentimientos que abarcaban la timidez y el deleite. Le introdujo los dedos entre los cabellos. Se sentía fascinado. ¿Qué posee este extraño y anónimo mortal?

Pero pronto recordó. Al ser consciente de la fuerza que desprendía este adonis de la naturaleza postrado a sus pies se sintió culpable por ceder su devoción y relegar a un segundo plano a su hermano. Situado en un espacio atemporal de amor, lo había sido todo para él desde que recordaba sus primeros pasos en este mundo.

El sentimiento de añoranza conectó con una punzada de culpa cuando una vocecilla en su interior se agitó y le reprochó sin descanso semejante infamia: adoras a otro hombre que no es él, deseas el cuerpo de otro, dejas entrar a un desconocido hasta lo más recóndito de tu cuerpo. Agitó su cabeza para intentar enmudecerla. Desapareció.

—Despierta —y en un susurro vertió las palabras sobre su oído. — ¿No tienes hambre? Porque yo me muero si no desayunamos pronto —posó sus cabellos sobre el adulto.
— ¿Dormiste bien, niño? —se incorporó y sonrió.
—Hoy necesito visitar la medina de nuevo, he de conseguir algunas cosas —se irguió y comenzó a acicalarse. —Me desperté con la claridad del día. No duermo mucho... pero en esta alcoba siempre hallo de una forma u otra la paz suficiente para abandonarme al sueño.
— ¿Otras formas?
—Sí. ¿Ves esa pequeña portezuela? —Indicó una especie de alacena inserta en la pared. —Ahí conservo varios libros que releo siempre que vengo a Marrakech y abrazo la soledad de la sabiduría escrita sobre el papel. Las nuevas lecturas me aportan conocimiento, el saber de los grandes —y se acordó de su familiar. Vaciló por un momento. —Quiero que conozcas a mi hermano.
— ¿Tu hermano? Él… ¿va a venir a Marrakech también?
—Tal vez. Normalmente no abandona el gran arenal. Dice que de esa forma aprende mucho más que visitando la ciudad. Él estudia el cielo.

El hombre averiguó algo que hasta el momento había ignorado. La actitud, las palabras, los gestos; las evidencias no podían ser más reveladoras.

—Quiero que vengas conmigo al desierto —sentenciaba el joven tras un silencio prudente.
— ¡Oh, no creo ser bien recibido…!
—Mi familia no juzga a quien no conoce… y sobre lo que anoche sucedió, soy responsable y consciente de ello. No es algo que les atañe —se aproximó a él. —Te atenderán como a un pariente más, lo sé.
—Deja que lo medite y te daré mi respuesta —se asió el cabello, provocador. —Pero dime por qué me miras con deseo y sigues temblando.
—Eso es algo que prefiero no revelar —el tuareg fue atrapado entre los brazos varoniles y potentes del foráneo. Acto seguido, sus lenguas se encontraban para frotarse y llamar a la pasión.


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Cuando comenzaron a caer las prendas del adolescente sobre el suelo tachonado de colores, el extranjero engulló la carne enrojecida y vertical del bereber. Éste se retorcía y se mordisqueaba los dedos y el labio inferior para apartar sus piernas y dejar paso a la boca hambrienta que succionaba con avaricia.

Los cabellos del joven pendulaban con las sacudidas, especialmente cuando la espalda se curvó por la llegada del orgasmo en el preciso instante en que los rayos del sol comenzaban a acariciar las paredes de la habitación.




 CAPÍTULO VI

El día había sido agotador. El viaje tenía en gran parte la culpa de que ahora reposase sobre el lecho, sintiendo cómo su cuerpo se fundía lentamente entre los pliegues de los mullidos cojines. Yacía solo en la carpa porque no había tenido reparos en entregar a su secreto amante a los brazos del hermano.

No es que no lo extrañe… y ni pensar en que no quisiera devorarlo como he hecho cada día, religiosamente, desde que lo conocí hace siete lunas… pero soy consciente de que ese muchacho, el hermano de Ibrir, es especial.

Comenzó a recordar lo que aquel día había ofrecido, deteniéndose en cada detalle y efecto desde que dejaron atrás la gran urbe, Marrakech, acompañados de los amables familiares del joven. Éstos le habían recibido con suma hospitalidad y agradecimiento por haber asistido al vástago. A pesar de ello, y en el fondo, le azuzaba la culpa por suponer que sus acciones pasadas podrían interpretarse como un abuso de la buena fe de semejantes personas.

Pero los de Ibrir eran labios cerrados y se admiraba por ello, totalmente seguro, consciente de que era un secreto del que se sentía importante y orgulloso; como si fuera la suya una muestra de madurez. Porque poseer -en primera persona- algo ajeno al conocimiento de su parentela para comenzar a decidir sobre aspectos de su vida de los que el resto quedaba excluido, era lo que movía al muchacho a actuar de esa forma.

El foráneo lo admitía porque en el fondo adoro este juego, sentirme en las manos de ese esponjoso y sublime joven… y, substancialmente, porque he aprendido a amarlo a pesar del poco tiempo que tiene nuestro encuentro. Porque me ha otorgado un cariño y amor totalmente verdaderos.

Suspiró mientras recorría con la vista los pliegues que formaban el techo de la carpa, perfectamente delineados en su cúspide, formando hileras que se unían en diferentes puntos. El fuego de una tetera de aceite bailaba sinuosamente para iluminarle el rostro y aunar el calor en aquel espacio profusamente adornado. Se cubrió con la manta por completo.

A su memoria llegó la noche anterior, cuando aún disfrutaba de la exclusiva compañía del muchacho. Lo había sorprendido leyendo cuando despertó de una larga siesta. Sin embargo, fue el tuareg quien tomó la iniciativa cuando dejó el libro a un lado y se aproximó decidido, en silencio. Dejó caer el manto para mostrarle su anatomía imberbe y su sexo que se erguía vigoroso, lubricado. El adulto lo recibió para reclinarlo sobre el gran tapiz, alzó las piernas del joven y las apoyó sobre sus propios hombros; en esa posición comenzó a penetrarlo sin apartarle la vista. Mientras Ibrir sollozaba cuando el sexo del otro rasgaba lo más profundo de su ser, el desconocido hizo su revelación.

—Aram. Mi nombre es Aram. No lo olvides nunca —y lo besó para morder sus labios sin piedad alguna.

Habían llegado a la gran caravana por la tarde, antes del anochecer. Varios familiares habían salido a recibirlos, ofreciendo un espumoso y cálido té con pastelillos que devolvían al paladar el sabor insuperable de la miel. Abrumado por tantas muestras de cordialidad, sintió una lejana tristeza al recordar los meses previos en la gran ciudad. Supo Ibrir leer su rostro y lo animó dándolo a conocer a todos.

Pero allí lo descubrió. Semejante a un dios que hubiese bajado a la tierra para hacerse varón, dar eterna felicidad a los mortales bendecidos con su presencia. Allí quedó hechizado por aquella figura. No tenía palabras para describir cuánta elegancia podía albergar un solo hombre. Lo ocultó muy bien esta vez, consciente de que no deseaba herir bajo ningún concepto a su joven amado.

¿Es posible sentirse cautivado por dos hombres a un mismo tiempo?

Recordó el momento en que sus vidas se cruzaban por vez primera.

—Éste es mi hermano Amwal del que tanto te he hablado.
—Y él es Aram. Lo conocí en Marrakech y ahora es mi amigo y nuestro huésped —se besaron en las mejillas como era tradición.

Ibrir parecía extasiado, aunque a ninguno de los dos pareció extrañar tal actitud. En aquel momento ambos adultos fueron conscientes de detalles que el más joven, inocentemente, había mostrado de forma clara.

Habían permanecido juntos desde que anocheciera, cenaron en comunidad y participaron de juegos y danzas musicales. Entrada la madrugada, ambos se retiraron y el adolescente le acompañó a la carpa donde descansaría.

Una vez dentro, conversaron por un breve instante hasta que Ibrir se abalanzó sobre sus brazos y comenzó a besarlo desesperado. No retrasó el momento en el que deslizó sus habilidosas manos bajo la túnica de Aram y comenzó a frotar la carne erecta sin apartar sus ojos de él. La satisfacción dibujó una sonrisa en su rostro cuando el fluido espeso comenzó a brotar de manera espasmódica y pudo degustarlo de forma obscena.

—Esta noche permaneceré con mi hermano. Hay muchas cosas de las que quiero hablar con él. Descansa, y no te preocupes de nada. Ahora me toca cuidarte y regalarte todas mis atenciones. Te quiero, Aram —y sin cerrar los ojos lo besó con decisión. —Mañana, antes de que despiertes, estaré a tu lado —y sin dar margen para que el otro pudiese hablar, salió del interior de la lona.

Comprobaba que su corazón se hallaba dividido al dedicar parte de sus pensamientos a cada uno de ellos. Realmente no había conversado con Amwal, aunque sí había notado su presencia en aquel espacio, como si invistiera de un aura especial. Tenía la certeza de que ese vigor que emanaba de forma tan natural y perturbadora no había pasado desapercibido para nadie.

Esbelto, de tez oscura más clara que el resto de la familia, rostro andrógino y labios carnosos; era también el dueño de aquellos ojos insondables e intimidatorios. Se dio cuenta de que con el paso del tiempo, no demasiado, llegaría a matar por esa mirada.

No necesitó tiempo para darse cuenta de que no era hijo natural de aquella estirpe ni hermano de sangre de Ibrir. Se sorprendió de que el joven no pareciese saber nada del origen real de Amwal… ¿o sí conocía la verdad? ¡Condenado y delicioso niño! susurraba mientras apagaba la llama de la tetera.


Continuará...

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