Cosmos | Volumen II :: Para leer on line~

Buenas tardes~

La semana está por finalizar y la corrección de la novela (la primera fase, la más larga) también. Son trece capítulos los que tendrá La lengua de Eros , que vienen a ser como 320 páginas. Ya me queda muy poquito :)

Entonces terminaré los extras que incluiré y alguna cosita sorpresa que ya conoceréis cuando llegue el momento. Recordad que antes de que termine el mes, anunciaré el día de su publicación ;)

Mil gracias por vuestro apoyo
Atentxs a las próximas actualizaciones!


Pero mientras tanto, os sigo trayendo mis obras homoeróticas para leer on line. Esta vez, el segundo volumen de Cosmos.




Con motivo del primer aniversario he comenzado a subirlo por volúmenes para que podáis leerlo aquí on line, en el blog.

Ésta es la sinopsis
Ibrir y su comunidad viven en el desierto, son nómadas y su vida transcurre de forma apacible. Cuando el joven abandona el gran arenal para visitar de nuevo la ciudad de Marrakech lo hace con unas órdenes precisas y por ello acude sin expectativas. Todo hace prever que su estancia en la gran urbe será rutinaria.
Pero allí conoce a un desconcertante extranjero cuya presencia sacude el pequeño mundo del muchacho, un enigmático hombre de origen incierto que secuestra su alma para descubrir -junto a él- los placeres carnales que le revelan un amor incondicional.
Sin embargo, esta relación no es aceptada por toda la comunidad y surge un complejo e intenso triángulo amoroso que trenzará sus vínculos y transformará sus vidas para siempre.

Más abajo tenéis el segundo volumen para leer, donde pone Sigue leyendo AQUÍ.

Subiré hasta ocho capítulos de un total de dieciséis que conforman la novela, por lo que será necesario adquirirla para leerla en su totalidad.

Podéis conseguirla por sólo 1,42 /1,51€ - 1,92 /1,99$ según la plataforma. En todas ellas podéis leer un trozo de la historia. Para acceder a cada una, click sobre su respectivo nombre:


Recordaros que se trata de una obra con todos los derechos reservados, por los que queda totalmente prohibida la reproducción o publicación total o parcial de la obra sin la autorización expresa de la autora.

Muchas gracias a todas esas personas que la siguen comprando. Me da un pequeño vuelco el corazón cada vez que esta historia se va a algún rinconcito del mundo :) 


Nada más por ahora. Feliz jueves!
Besos!


Eleanor Cielo~
Homoerótica Azul. Léela. Ámala












::NO COPIES. SE ORIGINAL::


CAPÍTULO III

Se despertó mucho antes que él. Tal vez porque el sueño no le había devorado las entrañas de forma inconsciente e ignoraba la rutina de vagar días y noches por el trazado laberíntico de la ciudad. Se incorporó y reparó en que el letargo les había sorprendido en medio de varios cojines extendidos sobre la base de varias alfombras púrpuras que aún conservaban el calor de la lujuria acumulado sobre ellas.

El joven tuareg se empapó de los suaves aromas que en la habitación aún flotaban, pudiendo discernir aquéllos que juzgaba nuevos, que habían invadido por vez primera aquel secreto lugar. Esbozó una sonrisa al cerciorarse de que los vapores de su amante buscaban grietas ocultas en la estancia para contenerse en ellas, unirse en un manso descanso y desde allí repartir sus bendiciones hasta mucho después.

La claridad del día continuaba derramándose a través de los cristales de la ventana, escurriéndose por las rendijas que las cortinas no habían conseguido ocultar. Ahora los colores eran mejor percibidos, salpicaban la visión con matices realmente vivos, en amplio abanico, para realzar los ángulos de las formas, las diferentes texturas, las luces y sombras.

De nuevo suspiró mientras cerraba los ojos. Esta vez, al abrirlos, dirigió la mirada a su compañero quien yacía tumbado a su lado. Completamente desnudo y ungido por la progresiva y sumisa claridad del día, se admiró de sus formas angulosas; una espalda amplia y soberbia que había sido salpicada por pequeños rasguños que reconoció como suyos. Vino a él una mezcla de sentimientos que abarcaban la timidez y el deleite. Le introdujo los dedos entre los cabellos. Se sentía fascinado. ¿Qué posee este extraño y anónimo mortal?

Pero pronto recordó. Al ser consciente de la fuerza que desprendía este adonis de la naturaleza postrado a sus pies se sintió culpable por ceder su devoción y relegar a un segundo plano a su hermano. Situado en un espacio atemporal de amor, lo había sido todo para él desde que recordaba sus primeros pasos en este mundo.

El sentimiento de añoranza conectó con una punzada de culpa cuando una vocecilla en su interior se agitó y le reprochó sin descanso semejante infamia: adoras a otro hombre que no es él, deseas el cuerpo de otro, dejas entrar a un desconocido hasta lo más recóndito de tu cuerpo. Agitó su cabeza para intentar enmudecerla. Desapareció.

—Despierta —y en un susurro vertió las palabras sobre su oído. — ¿No tienes hambre? Porque yo me muero si no desayunamos pronto —posó sus cabellos sobre el adulto.
— ¿Dormiste bien, niño? —se incorporó y sonrió.
—Hoy necesito visitar la medina de nuevo, he de conseguir algunas cosas —se irguió y comenzó a acicalarse. —Me desperté con la claridad del día. No duermo mucho... pero en esta alcoba siempre hallo de una forma u otra la paz suficiente para abandonarme al sueño.
— ¿Otras formas?
—Sí. ¿Ves esa pequeña portezuela? —Indicó una especie de alacena inserta en la pared. —Ahí conservo varios libros que releo siempre que vengo a Marrakech y abrazo la soledad de la sabiduría escrita sobre el papel. Las nuevas lecturas me aportan conocimiento, el saber de los grandes —y se acordó de su familiar. Vaciló por un momento. —Quiero que conozcas a mi hermano.
— ¿Tu hermano? Él… ¿va a venir a Marrakech también?
—Tal vez. Normalmente no abandona el gran arenal. Dice que de esa forma aprende mucho más que visitando la ciudad. Él estudia el cielo.

El hombre averiguó algo que hasta el momento había ignorado. La actitud, las palabras, los gestos; las evidencias no podían ser más reveladoras.

—Quiero que vengas conmigo al desierto —sentenciaba el joven tras un silencio prudente.
— ¡Oh, no creo ser bien recibido…!
—Mi familia no juzga a quien no conoce… y sobre lo que anoche sucedió, soy responsable y consciente de ello. No es algo que les atañe —se aproximó a él. —Te atenderán como a un pariente más, lo sé.
—Deja que lo medite y te daré mi respuesta —se asió el cabello, provocador. —Pero dime por qué me miras con deseo y sigues temblando.
—Eso es algo que prefiero no revelar —el tuareg fue atrapado entre los brazos varoniles y potentes del foráneo. Acto seguido, sus lenguas se encontraban para frotarse y llamar a la pasión.


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Cuando comenzaron a caer las prendas del adolescente sobre el suelo tachonado de colores, el extranjero engulló la carne enrojecida y vertical del bereber. Éste se retorcía y se mordisqueaba los dedos y el labio inferior para apartar sus piernas y dejar paso a la boca hambrienta que succionaba con avaricia.

Los cabellos del joven pendulaban con las sacudidas, especialmente cuando la espalda se curvó por la llegada del orgasmo en el preciso instante en que los rayos del sol comenzaban a acariciar las paredes de la habitación.




CAPÍTULO IV

Habían transcurrido varios días. Ahora la ciudad era de ellos. Sus calles, sus edificios, sus diversos aromas, su cielo, su calor, su bullicio, sus zonas frescas. Y su noche también lo sería.

Se habían fundido entre la muchedumbre de la medina en busca de los productos que el muchacho tenía por encargo. Conseguido el último, una rica túnica bordada y de color azul oscura, liviana y sensual; se encaminaron hacia una de las áreas frescas y reconfortantes del centro urbano. Hallaron un rincón apacible donde creyeron vislumbrar un rato de descanso y se sentaron en un banco de piedra labrada. La tarde había comenzado.

—Aún no me has dicho cómo te llamas…
—Ibrir.
— ¿Qué significa?
—Abril.

El extranjero degustó aquella nueva palabra. Se dio cuenta de que conocer su nombre no había sido importante. Hasta ese preciso momento. Susurró cada consonante y cada vocal, extrajo el jugo de cada una de ellas poco a poco, evocador; como si con ello hiciera el amor a cada trazo imaginado.

Ibrir parecía satisfecho y se dispuso a contemplar el manto azul oscuro que había adquirido para su hermano. La mirada del tuareg resplandecía por sí sola.

Por su parte, el adulto seguía inmerso en su lujuria personal, distraído y absorto con los sonidos de la tarde estival: los insectos que, ocultos entre el vergel, afilaban sus antenas y continuaban con sus particulares sinfonías; los ruidos lejanos del bullicio de la ciudad y los sonidos que producía el muchacho. Un silencio compartido, armonioso.

— ¿Y no me dirás cómo te llamas? —Graciosamente dejó caer sus manos sobre el regazo, y con ellas la pieza azulada. Esta vez le lanzó una mirada de recíproca confianza — ¿Cuál es tu verdadero nombre, desconocido?

El adulto lo contempló, alzó la mano derecha y la posó junto a su mejilla. Desde allí comenzó a rozar los labios con el pulgar, aquella carne que se apretaba bajo la nariz de Ibrir. Éste, en un acto reflejo y casi instantáneo, cerró los ojos y los separó un poco para inmediatamente atrapar el dedo. Lamerlo y morderlo y chuparlo y succionarlo. El hombre lo extrajo y comenzó a besar aquella deliciosa boca como si le fuera la vida en ello.

El tuareg lo abrazaría, dejaría caer la prenda y afirmaría su cuerpo contra el de su compañero. Como desesperado y atemorizado por perderlo, consciente de que quizá mañana ya no estaría junto a él para sentir -otro día más- que era protegido y amado como nunca había imaginado. Aunque permaneció en ese recital de besos, lo rodeó en un largo y sentido abrazo.

El otro se percató, pero no quiso preguntar lo que parecía evidente. Por eso retiró los labios y le comunicó mediante el abrazo las palabras que el joven demandaba. Estrechó el rostro sobre la mejilla para acariciarle la nuca, mientras recorría apaciblemente la espalda, bien formada y fibrosa. A pesar de que el tejido protegía de manera segura del sol abrasador, no dejaba a la imaginación perfilar el cuerpo que ocultaba, materia viva que el extranjero idolatraba. Aspiró el sabor de azahares perpetuo de Ibrir y se percató de que aquella atracción trascendía lo carnal. Esta vez fue él quien cercó aún más al otro para sí.

Así permanecieron de forma indefinida como si el tiempo se hubiese solidificado, anclado en aquella tarde para que el telón de la noche cayera pausadamente sobre sus hombros. Un fondo ideal con un cielo estrellado, aquella eterna noche de verano.


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—Vayámonos.

Ibrir asintió, y en silencio comenzó a recolectar los objetos adquiridos aquella tarde. Se los cargó a la espalda y juntos se encaminaron a su oasis único y personal.

—Mañana llega mi familia —continuó con sigilo para después  lograr reunir las palabras adecuadas — ¿Has pensado entonces qué harás? —Dijo inseguro, temeroso de iniciar el previo paso a la despedida.
— ¿Sabes? He vivido en esta ciudad por un considerable tiempo y… es hora de dejarla atrás.

El bereber ocultó su dicha envuelto en el caprichoso orgullo de la adolescencia, disimuló la sonrisa de satisfacción que abordaba su rostro. Apresuró el paso para acompañar al otro y comenzó a imaginar cómo serían los días que comenzaban a perfilarse.

Por su parte, el adulto se sentía desconcertado por la forma en que aquel entrañable y esponjoso muchacho había robado toda su cordura.



Continuará...

Pica AQUÍ para ir al tercer volumen.

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