Cosmos | Primer aniversario :: Volumen I - Para leer on line~

Buenas tardes a todxs :)

El pasado domingo 8 se cumplía el primer aniversario de la publicación de mi primera novela, Cosmos. Sin duda, una fecha importante para mí y todo este tiempo en el que decidí lanzarme al mundo de la escritura y la autopublicación. 

Importante porque Cosmos conecta mis antecedentes con lo que estoy haciendo ahora, lo que empecé siendo con lo que actualmente soy. De modo que en ella se reúnen muchos años, experiencias literarias y un largo camino del que aún queda mucho por andar.
Es una obra de iniciación, de casilla de salida ^^

Y claro está, reiterar desde aquí mi agradecimiento hacia todas aquellas personas que han apoyado esta historia, que la han comprado, que han difundido su nombre, que le han dado un voto de confianza, que le han dedicado su valioso tiempo, que se han dejado seducir por sus personajes y acontecimientos



Con motivo de este primer aniversario voy a comenzar a subirlo por volúmenes para que podáis leerlo aquí on line, en el blog.

Dejo la sinopsis para quien no la conozca aún:

Ibrir y su comunidad viven en el desierto, son nómadas y su vida transcurre de forma apacible. Cuando el joven abandona el gran arenal para visitar de nuevo la ciudad de Marrakech lo hace con unas órdenes precisas y por ello acude sin expectativas. Todo hace prever que su estancia en la gran urbe será rutinaria.
Pero allí conoce a un desconcertante extranjero cuya presencia sacude el pequeño mundo del muchacho, un enigmático hombre de origen incierto que secuestra su alma para descubrir -junto a él- los placeres carnales que le revelan un amor incondicional.
Sin embargo, esta relación no es aceptada por toda la comunidad y surge un complejo e intenso triángulo amoroso que trenzará sus vínculos y transformará sus vidas para siempre.

Más abajo tenéis el primer volumen para leer, donde pone Sigue leyendo AQUÍ.

Subiré hasta ocho capítulos de un total de dieciséis que conforman la novela, por lo que será necesario adquirirla para leerla en su totalidad. 

Puedes conseguirla por sólo 1,42 /1,51€ - 1,92 /1,99$ según la plataforma. En todas ellas puedes leer un trozo de la historia. Para acceder a cada una, haz click sobre su respectivo nombre:



Recordaros que se trata de una obra con todos los derechos reservados, por los que queda totalmente prohibida la reproducción o publicación total o parcial de la obra sin la autorización expresa de la autora.


Así que brindo por Cosmos y lo que significa para quien suscribe: un paso insignificante para la humanidad, pero enorrrrme para mí ;)



¡Gracias por acompañarme y celebrar conmigo!
Salud para todxs y hasta muy pronto ^^~



Eleanor Cielo~
Homoerótica Azul. Léela. Ámala


pd: Cambié la apariencia del blog. Échale un vistazo si aún no lo hiciste ;)






REGISTRO de Cosmos

::NO COPIES. SE ORIGINAL::



CAPÍTULO I

Las calles de Marrakech ilustraban la colonización francesa a través de edificios institucionales y administrativos, zonas residenciales para la clase acomodada gala y diferentes rostros que recorrían por vez primera el paisaje. La llegada del tren y el ideal de progreso liderado por la vieja Europa habían creado una realidad paralela a la tradicional donde sociedades muy dispares divergían en un escenario ancestralmente complejo.


Por su parte, había marcado muchos días para intentar llevar algún orden, aunque discutía su validez. La vista que se dibujaba cada amanecer continuaba siendo ajena y extraña para él: alzaba la mirada en cada rincón de la gran urbe y en cada uno de ellos el reflejo de un desconocido le devolvía a la rutina diaria.


Sin embargo, no alcanzó a discernir cuándo ese tipo de respuestas dejó de tener algún significado o relevancia, porque la realidad era que tenía otras prioridades más urgentes y básicas. Por ventura, algo que llevarse a la boca y engañar al estómago hasta la próxima vez, quizá un techo del que resguardarse de las noches peligrosas e inseguras y, ciertamente, un cuerpo ardiente que le hiciera olvidar por un momento su esperanza perdida.


La dureza de los días le permitió crear estrategias de supervivencia; incluida la del idioma, que juzgaba excepcional, donde la lengua recibía cierto cosquilleo sensual e incluso erótico. Exteriorizar sus pensamientos en árabe era una experiencia gratificante en una tierra lejana en la que no reconocía sus elementos.


Consciente de ello, no tardó en adoptar aquellos hábitos y ritos como lo fueron el vestuario y el estilo adquirido cuando andaba, delatador mudo. Por eso gustaba de ir oculto con un largo manto cuya caperuza le cubría la cabeza y sólo dejaba a la vista su boca.


Pero aquel día fue muy diferente. Sentado junto a una fuente de aguas cristalinas y refrescantes, estuvo reflexionando acerca de su suerte mientras desmenuzaba un trozo de pan de leña que había ganado realizando unos pequeños portes. Pellizcaba aquella jugosa hogaza y dejaba caer diminutos trozos para varias palomas que habían acudido, cuando se le acercó un hermoso muchacho portador de ojos enigmáticos. Su cuerpo, grácil y espigado, estaba cubierto por un intenso azul oscuro que realzaba la elegancia de sus pasos, firmes y decididos. Sobre la cabeza, el joven había dispuesto un turbante que ocultaba la verdadera naturaleza de sus cabellos. Su rostro emanaba una especie de sonrisa disimulada que captó su curiosidad.


En ese primer cruce visual y mudo se había percatado de que tenía frente a sí a un bereber tuareg y no a un árabe, habilidad lograda tras los incontables meses que llevaba viviendo en aquella gran urbe.


Árabes y bereberes. Había aprendido que los bereberes habían sido durante siglos los auténticos nativos de aquel país a pesar de la llegada de los árabes desde la península de la que eran originarios. No era sólo un rumor ni una idea infundada aquella que había oído en más de una ocasión en la que se afirmaba, por muchos, que los bereberes eran seres agraciados, esbeltos.


Sin embargo, algunos de ellos eran también tuaregs, cuya forma de vida era distinta a la de otros bereberes, nómadas del desierto que encontraban en ello su razón de ser y cuya presencia en la ciudad no era frecuente. Individuos que rozaban el misticismo y a los que rodeaban toda una serie de leyendas acerca de por qué no se mezclaban con la población urbana. El azul oscuro era el signo de identidad de este pueblo, que lo había adoptado como una segunda piel.


­—Que la paz de Alá os ilumine. ¿Qué hacéis, hermano? —Y el joven se posó a su lado. —­­El agua de la fuente es divina, transparente, pulcra. Pero no es libre. El recorrido es el mismo, ¿distinguís ahí? —Dijo señalando un pequeño caño que se sumergía dentro. —Es un ciclo que no parece poseer final y que acaba viciándola a pesar de que entró pura y cristalina. Así parece ser esta ciudad —miró al frente, a un punto incierto.

—Y que Alá os ilumine también a Vos. He perdido la cuenta de los días y no sé cuánto llevo vagando por las calles de esta localidad. Pero dejadme deciros que estoy agradecido porque he podido sobrevivir en ellas —lo contempló por un instante. —Tomad un trozo —le extendió la media luna de pan que aún guardaba en su regazo.


En aquel momento, el bereber se giró y hundió sus dedos fibrosos en la fuente para después observar fascinado los surcos que el agua hacía cuando extrajo aquéllos del estanque. A continuación, agarró la generosa porción y profirió las palabras de agradecimiento.


—Decidme, ¿qué os ha traído a Marrakech? —preguntó mientras comía el último trozo.


El calor en verano era sofocante hasta el momento en que el sol se desplomaba por el horizonte, hundiéndose para al día siguiente señalar a todos los fieles hacia dónde debían dirigir sus cinco llamadas a la oración diarias. El astro se encontraba en el punto más álgido sobre el firmamento y por ello algunas personas del lugar buscaban aquellas zonas verdes y frescas donde disfrutar de la paz que daba el vergel y el armonioso discurrir del agua.


— ¿Habéis estado alguna vez en el desierto? –El muchacho hundía las palmas de sus manos, extasiado por el efecto contra su piel azabache y por los rayos del sol que se reflectaban sobre las pequeñas gotas esparcidas sobre la epidermis.

—Venís de allí, ¿verdad? He oído hablar de los tuaregs. —El adulto observaba con curiosidad. —He conocido durante mucho tiempo desiertos humanos, pero ignoro cómo se desarrolla la vida en Vuestro desierto. —Su mirada se tornó cálida. —Habladme de él.


El tuareg se alzó y se situó frente a él, mirándole directamente a los ojos. Fue en ese instante y no antes cuando comprendió cuán negros eran, adornados de unas bellas pestañas que daban un particular toque andrógino a su rostro aniñado. Sonrió y comenzó a descubrir y describir la vida en el gran arenal.




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Así la mañana dejó paso a la tarde y el hambre hizo acto de presencia. El joven se levantó y, con sincera expresión, le invitó a comer en casa de un familiar cuya posada se localizaba cerca de la medina o centro histórico. El extranjero aceptó la propuesta porque su orgullo se encontraba anulado por la necesidad. Volvió a cubrirse y marchó junto al adolescente, en silencio. En su interior jugaba a adivinar la posible edad de éste. Sin lugar a dudas, era mucho menor que él.



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Comieron hasta llenarse, y el foráneo pudo sellar los huecos que el hambre acumulada había dejado al descubierto desde su llegada a la ciudad. Mientras cenaban, el bereber pudo percibir sin necesidad de palabras cómo el rostro del desconocido reflejaba más la gratitud que la saciedad de un estómago colmado. Sin ser consciente aún de sus propios pensamientos, aquello le hizo sentirse gratificado y comenzó a hallarse particularmente cómodo con su presencia.


Por esa razón, y al salir de la posada, el tuareg se le arrimó al oído y, entre murmullos bien disimulados y estudiados, le reveló lo que por su mente rondaba desde hacía un buen rato.


Desearía estar a solas con Vos. Conozco de un sitio que nos reportaría intimidad. Si os agrada, podréis permanecer conmigo hasta el día previo a mi marcha de la ciudad, tras varias lunas.


El adulto no se asombró demasiado porque no era la primera vez que un semejante se le acercaba para tener un encuentro carnal puntual: el fuego masculino que desprendía no pasaba a todos desapercibido. No obstante, lo que sí le desconcertó fue la naturalidad y sinceridad con las que le hizo saber de sus intenciones.


Esbozó una sonrisa cuando los susurros del muchacho le acariciaron. Además, logró atrapar el suave aroma que desprendía su indumentaria: un ligero toque a azahar que lo emborrachó de deseo. Al observar su piel delicada, tersa, lozana; ansió perderse en ese cuerpo que se abría paso a la adultez pero que aún vivía a expensas de la adolescencia.

Rápidamente, el tuareg indicó por dónde quedaba la pequeña casa que había mencionado, colmado de una curiosidad y expectación perfectamente ocultas.

El extranjero, por su parte, no tardó en desnudar con sus cansados ojos a su guía, a quien ya imaginó entre sus piernas y montado sobre él, espalda arqueada por el placer y el orgasmo sin fin.




CAPÍTULO II

Se adentraron finalmente en un diminuto y retorcido callejón. Bajo un pequeño toldo se abría una puerta angosta que daba paso a unas destartaladas escaleras abandonadas. El hombre tuvo ciertas dificultades para no tropezar al subir cada escalón. La cegadora luz del sol, y luego la oscuridad total, consiguieron que fuese deslumbrado. Se detuvo en uno de los peldaños y llamó al inquieto muchacho, quien ya había alcanzado el primer piso.


—Esperadme. No veo bien y creo que estas escaleras van a conseguir lo que no han logrado las calles de esta ciudad.

— ¿Queréis que os guíe? —Decía mientras bajaba de nuevo, luego posaría su mano sobre el hombro del adulto.

—No, no hace falta. Necesito que mi vista se adapte a la penumbra —y se deshizo de la caperuza. —Lo que sí quiero es esto —y con fuerza agarró al tuareg y se lo llevó a la boca, hundiendo lánguidamente la totalidad de su lengua en él.


La humedad no tardó en brillar sobre sendos labios al tiempo que en el hueco de aquella lóbrega escalinata resonaban los chasquidos de aquellos besos sonoros y desesperados.


Familiarizado con la oscuridad y el joven parcialmente desvestido, ambos subieron al fin el tramo que les separaba de la primera planta. El bereber abrió la cerradura con la pequeña llave que extrajo de su turbante y, al deslizar la puerta, una preciosa habitación de colores vivos se abrió paso.


Por doquier había enormes y recias alfombras de suave tacto que aislaban aquel lugar del calor y la suciedad del exterior. Además, unas pequeñas lámparas se elevaban como pequeños faros a los lados de la puertezuela, proporcionando una luz mortecina y la creación de sombras y matices cálidos reflejados en la piel… ¿Y este aroma que me embriaga aún más de deseo? Se fijó en que cerca de la ventana había una pequeña fuente en cuya piscina flotaban varias flores de naranjo, azahares, que rociaban la habitación con su fragancia sin sobresaturarla.


—Adelante, ésta es Vuestra casa.

—Gracias —y tras él la puerta fue cerrada con llave.


El foráneo no se sorprendió del significativo contraste que había entre el exterior de la casa y lo que el interior guardaba de forma celosa. Había aprendido que, en el mundo islámico, las apariencias poco importaban.


—Venid, os enseñaré dónde paso mi tiempo a solas. Sois la primera persona que sube aquí a excepción de mi familia.

—Aún no me habéis dicho qué hacíais en Marrakech —dijo acercándose por detrás, hasta tenerlo pegado a su cuerpo.

—Necesitamos ciertos productos que en el desierto no tenemos —y señaló hacia un montículo de enseres y otros objetos.


Cuando terminó de hablar, el otro le alzó el cuello para empezar a morderlo con vehemencia. A continuación, su otra mano comenzó a jugar con sus genitales que, ocultos entre las ropas añiles, surgían para sobresalir.


El extranjero siguió lubricándolo y le introdujo el dedo índice en la boca para que no cesara de jadear. Cuando consiguió reunir fuerzas suficientes se deshizo del turbante, y en un instante cayó sobre sus hombros una larga melena azabache que acariciaba sus codos, cabellos sedosos y lujuriosos que se desparramaban graciosamente. El adulto se detuvo para mirarlo a conciencia, admirando sus atractivas formas masculinas aunque andróginas. Estaba extasiado. El otro entonces se acercó a su oído para hacerle una confesión.


—Nunca he yacido con un hombre, pero sí con una mujer. Me gustan las mujeres... pero nunca he probado el amor de un varón —y presumió oír cómo el muchacho tragaba saliva. —Me inspirasteis tanta paz desde que os vi sentado en aquella fuente, que sé quién sois, que puedo ver a través de Vos. —Hizo una larga pausa. —Quiero que me inundéis de Vos —exhaló un pequeño quejido que excitó a ambos.

—En ese caso, abandonaos y dejad que el placer os invada. Sed mío, niño —declaró con una expresión libidinosa.


El hombre se arrodilló y a través de una ranura de la ropa extrajo el sexo erguido y rígido del efebo. Jugó con él, y seguidamente se lo introdujo en la boca para lamerlo palmo a palmo de forma tan precisa, que el otro sabía que se derramaría sin poder controlarlo. Y así fue. Se encontró con el orgasmo y arqueó la espalda en un largo alarido, su cuello se tensó y alzó la cabeza hacia atrás. El extranjero sonreía satisfecho y comenzó a engullir el semen diseminado entre sus dedos.


— ¿Sería posible asearme? Me gustaría poderos recibir purificado —dijo mientras terminaba de lamer los fluidos sin apartarle la vista.

—Tras esa puerta está el baño —invitó desfallecido.


Sin lugar a dudas estaba a la altura de la habitación: lleno de mármol y frescas fragancias también, poseía una bañera sobresaliente. El adolescente llegó y comenzó a llenarla, y al mirar a su compañero se mordió el labio al ver cómo éste comenzaba a desvestirse.


Se disponía a conocer cómo era el cuerpo que se escondía tras aquellas prendas holgadas que, finalmente, no pudieron disimular el tamaño extraordinario de aquel miembro viril, magnífico. El efebo sintió cómo el suyo comenzaba a endurecerse de nuevo bajo su indumentaria desbaratada.


La tina aún no se había colmado por completo cuando recibió el cuerpo del adulto. Rosado a pesar del sol abrasador y fino en sus formas, bien construido y simétrico, el muchacho quiso tocarlo y comprobar que era real. Acercó una esponja y comenzó a ungirlo con agua y jabón perfumado, intercalando de besos sonoros las idas y venidas de aquélla.


El extranjero pronto sintió que no sólo la suciedad física se desprendía. Se levantó y el tuareg lo enjuagó con agua limpia y aderezada con aceite esencial de canela. Comenzó a secarlo cuando el semental, excitado, se acercó para susurrarle que quería revolcarse con él por el suelo repleto de alfombras mágicas. Lo besó con pasión y hambre.




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La tarde estaba llegando a su fin aunque los rayos del sol se colaban aún por la ventana, débiles y vagos, mientras aquellos dos se habían enzarzado en un frenético diálogo de lujuria sobre un tapiz rodeado de cojines púrpuras y naranjas.


El bereber comenzó a sentir cómo el sexo de su compañero bendecía su interior al desprenderse una placentera presión que le era por completo desconocida. Bloqueado contra la alfombra del suelo, sus extremidades habían sido atrapadas. Había quedado inmovilizado para recibir las embestidas del adulto, cuya pelvis se movía furiosa e intentaba llegar a lo más recóndito, colisionando contra las nalgas del adolescente.


Pronto, el olor y sabor a orgasmo impregnaron de nuevo el espacio y la noche. El mayor se tendió sobre el gran tapiz para permitir al otro sentarse sobre su sexo, enrojecido y pulsante, y seguir galopando, hallar la vía láctea sobre sendos cuerpos.




Continuará...

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