Ídolo78 | Volumen I :: Para leer on line~

¡¡Muy buenos días!!

Hace poco pregunté en mi facebook por la próxima obra para subir al blog y así poderla leer on line. Los relatos de capítulo único ya están todos disponibles y ahora quería comenzar con las seriadas, así que la elegida fue -como has adivinado por el título de esta entrada :P - la de Ídolo78 (gracias, Judith!).

Mi idea es ir subiéndolas aquí por volúmenes y respetar así su formato original. Al final de cada volumen/entrada pondré un enlace que conecte con el siguiente volumen una vez lo suba posteriormente. De esta manera puedes leerlos de corrido sin tener que buscar en la nube de tags ;)

Vamos, pues, a por el primer volumen de Ídolo78
¿Te acuerdas de su portada??


¿Y de la sinopsis?

Hikaru y Kenshi no empiezan bien su relación a pesar de que cada uno oculta deseos inconfesables.

Adivina qué es lo que esconde cada uno de ellos ... yo ya lo sé y tantxs otrxs que ya han leído una de mis historias más aclamadas ;)

Más abajo tienes la historia para leer, pero si lo que quieres es descargarte el primer volumen ve AQUÍ.

Nada más por hoy. En breve espero poder traerte el segundo volumen ;)

No olvides compartir esta entrada si es de tu agrado en tus redes sociales o círculos más próximos para que otras personas puedan leer esta historia. Desde ya, gracias!

¿Te gustó el volumen? ¿Te lo descargaste? ¡¡Espero tus respuestas!! Ya sabes que tus comentarios alimentan también este blog y mis ánimos por seguir escribiendo ;)

Besotes y hasta muy pronto!!

Eleanor Cielo~
Homoerótica Azul. Léela. Ámala





 CAPÍTULO I

—Esto no va a funcionar —se dio la vuelta al tiempo que mascullaba envuelto en una sensación de fastidio.

Mientras intentaba ordenar aquella habitación, su enfado aceleró la torpeza con la que ahora se desenvolvía. Al otro lado de la habitación, una maleta medio vacía había llegado acompañada de un joven quien, indeciso en el portal, se preguntaba si allí al fin podría comenzar de nuevo.

El muchacho era bastante joven, diríase que poseía la misma edad que el dueño del apartamento. Su mirada, sin embargo, era borrosa, confusa. Sustrajo de su sucio pantalón un paquete de tabaco, extrajo un cigarrillo y se acercó a su compañero para ofrecerle.

—Gracias… —miró hacia otro lado, carraspeó, ya más calmado —Está bien, te puedes quedar aquí… pero estás viendo que el lugar es demasiado pequeño para los dos. En cuanto tengas algo ahorrado, te largas. No me apetece meter nadie en mi casa y ya bastantes problemas tengo como para… —se paró ante la crudeza de sus palabras, pero decidió no dar marcha atrás. Tenía que dejar claro desde el principio cuáles eran sus normas, sus reglas; él se tenía por alguien muy reservado y aún no acababa de gustarle la idea de convivir con alguien más, máxime cuando conocía los antecedentes casi marginales del otro —Vamos, te enseñaré dónde vas a dormir.

Acto seguido entraron en la única alcoba que había, bastante escasa de mobiliario, pero donde cabía perfectamente un solo futón. Ninguno de los dos miró al otro.

—Sí, tenemos un problema porque aquí sólo cabe uno. Yo me quedaré en el sofá. Tú puedes quedarte aquí, no hay problema. Pero ya sabes, hasta que encuentres un trabajo.

El otro le sonrió cansado pero con sinceridad, se acercó y humildemente se reverenció como los japoneses hacen cuando están tan agradecidos.

—Está bien, no es necesario. Ahí puedes poner tus cosas, en esa pequeña mesita —miró su maleta, intentando adivinar el contenido por el escaso peso de ésta —Ya veo que no traes demasiadas cosas... ¿Es que sólo tienes eso?
—No sé si volveré a por algo más, pero no quiero volverle a ver. Sólo iré para ver cómo está mi madre. Lo único que alcancé a llevarme conmigo es algo de ropa, y mi música —de nuevo esa mirada perdida, casi vidriosa.
—Entiendo… sólo espero que no traigas aquí a... No quiero meterme en líos —cambió el tono de voz a uno menos duro —La cena te la tendrás que hacer, yo tengo que salir… Si quieres puedes darte una ducha, el baño está ahí —decía al señalar la otra puerta que había en la habitación —Como has podido deducir, para entrar al baño hay que pasar primero por la alcoba, lo cual puede ser un inconveniente para ti, pero creo que podremos organizarnos.

Y cerró la puerta del dormitorio para que el huésped dispusiera sus pertenencias. El muchacho miró el reducido espacio y sonrió aliviado. Despacio tomó del interior de la maleta varios pantalones, quizás fueron tres, algunas camisetas desgastadas y una chaqueta bastante vieja. Debajo, y apilados unos contra otros, yacían sus discos de vinilo de la Bauhaus y de Bowie; los acarició con sumo cuidado y delicadeza para después devolverlos al mismo lugar. La cerró y la puso junto a la mesita. Tenerlos cerca le calmaba.

Poco después el sonido que llegaba de la ducha inundaba el pequeño apartamento, que había estado en silencio minutos antes. El muchacho, inmovilizado en el salón, podía percibir cómo el agua caía a intervalos. No tardó mucho en visualizar el vapor, las salpicaduras sobre la pared y el suelo, el calor del agua caliente… cómo ésta glorificaba en surcos cristalinos y vivos el cuerpo de aquel joven reservado… desnudos su cuello, su torso, su abdomen, sus genitales. Un encuentro desconcertante donde se sentía atropellado en su recientemente adquirida independencia familiar.

Se mordió el labio mientras su lengua se estrellaba suavemente sobre aquella carne.




CAPÍTULO II

Sufrir de necesidad es comenzar a desprenderte de tu dignidad. Es despojarte de todo lo construido durante años,
es la deconstrucción de uno mismo...
Pero mi necesidad es diferente ahora.
Mi necesidad en estos momentos es de SEXO.
Quiero un hombre entre mis piernas.



Con estos deseos ensangrentados de dolor y deseo, Hikaru se despojaba de su toalla. Su intuición parecía despertar en el nuevo apartamento. Se miró desnudo frente al espejo que descansaba en el suelo para reparar en su completa fisionomía, maltratada. Recorrió con la mirada cada centímetro de su cuerpo, acariciando con calidez y confianza algunos hematomas que aún se resistían a desaparecer de su blanco lienzo, imberbe. Sin embargo, aquellas caricias de la misma manera encubrían el deseo de ser poseído, de retener el placer y atraparlo para arrinconar tanto dolor lacerante.

Aunque el cristal reflectaba la imagen de un cuerpo adolescente y agraciado situado bajo la veintena y aún por madurar, Hikaru hizo una mueca cuando observó su pecho descubierto, lampiño y cruzado por una fina pero importante marca que le atravesaba el torso. Chasqueó con fastidio.

Pero allí parecía faltar algo. Desnudo aún, se acercó a la maleta para rescatar lo que había conseguido días antes. Deseaba volver a deleitar sus oídos con el último álbum del desconcertante y ambiguo artista inglés. Perseguía ser como él y fascinar en la medida que él lo hacía al crear un estilo distinto, sublime, original. Algún día iré a Londres y lo conoceré en persona. Se jactaría de ello y le expresaría lo mucho que lo admiraba… y lo amaba, enumeraría las noches que lo había inspirado en su futón.

Kenshi no estaba en la vivienda y no llegaría hasta tarde, así que no reparó en poner el volumen hasta su máximo nivel y dejarse llevar por aquella melodía y voz que no hacían otra cosa que dilatar su preliminar deseo. Se volvió a incorporar y esta vez seleccionó de la pequeña mesita su ropa, una camiseta negra desgastada y unos pantalones de igual color y suerte. Ni siquiera había traído ropa interior... Qué más da... no la voy a necesitar hoy.

Cuando alcanzó su destino era noche cerrada. Aquella zona era conocida por ser uno de los lugares donde ciertos jóvenes ofrecían servicios especiales con excusa de pagar así sus estudios. No era la primera vez que elegía perseguir el placer de aquella manera, aunque no eran tantas como cabría pensar la destreza y rapidez con la que prefirió a un chico algo más adulto, moreno y curtido por el sol de provincia. Ya lo había observado otras veces y le interesó, marchándose con otro mozo mientras imaginaba cómo sería postrarlo para que comiera de su sexo. Esta vez lo sabría.

Únicamente hicieron falta un par de miradas libidinosas y discretas sonrisas para sancionar aquel arreglo incorpóreo. De modo que nadie reparó en cómo dos jóvenes que acababan de establecer un vínculo fugaz se alejaban de aquel distrito de quimeras sobrevaloradas.

La puerta del apartamento se abrió de golpe y se fueron directamente al minúsculo dormitorio. Hikaru extendió el futón y no se demoró mucho más en renunciar a la poca ropa que lo cubría. Admiró al prostituto y se aproximó a él, besando el cuello con avaricia, mordiéndolo. Aquél reaccionó a semejante declaración de intenciones y comenzó a bajarse el pantalón torpemente, a lo que el más joven se detuvo y se lo arrebató con violencia, para después lanzarle una mirada lasciva y desaparecer en la entrepierna del muchacho.

El futón arrugado sobre sus pies y aquél advirtió cómo sus genitales eran atrapados entre manos ajenas y acariciados con premura y conocimiento. Iba a estallar cuando Hikaru se alzó para morder con indudable lujuria aquellos pezones endurecidos.

Esta vez sería el más adulto quien tomó la iniciativa y, con ojos cerrados, lanzó su lengua contra el sexo erguido y vertical del otro. Este acto impregnado de cierta inocencia e inexperiencia lo provocó tanto que se colocó en la diminuta mesita con las piernas ligeramente separadas y los brazos apoyados hacia atrás, mirando atentamente cómo el prostituto protagonizaba aquel movimiento pendular.

Hikaru disfrutaba con la visión de aquel bello efebo subiendo y bajando por su virilidad extendida y candente. En ello estaba cuando en un instante alzó su mirada y se topó con la escena irradiada por el espejo. Entendió que el placer ascendía a cotas más agudas, cómo la sangre se amontonaba en un solo vértice.

A pesar de ello, su sed no tenía límites ni se ocupaba de estrangularla. Se incorporó e hizo lo propio con el chico, al que agarró de la barbilla y le mordió el lóbulo de la oreja. Le susurró algo obsceno y aquél se ruborizó, lo que terminó de volver su conducta del todo violenta; así lo sometió de espaldas y, a placer, fue invadiendo aquella angosta cavidad entre los gemidos del otro, quien penduló desde el dolor inicial al goce posterior. El más joven jadeaba al ritmo de sus movimientos, transpirando y temblando, insistiendo.

El vapor comenzó a condensarse en la alcoba, el sudor recorría sendos cuerpos. La mesita amenazaba con resquebrajarse en mil pedazos. Sin embargo, quien se quebró fue Hikaru cuyo elixir níveo se amplificó sobre la espalda del otro.

Acercó unos pañuelos de papel, se frotó con impaciencia y el mozo no tardó en darse cuenta de que el cliente no tenía intención de dar por concluida la cita.

Así transcurrió la noche hasta quedar vencidos y exhaustos. Hikaru no lo oyó, pero poco después el muchacho cerraba la puerta tras de sí, abandonando la residencia.

De nuevo, se quedaba solo en la habitación. Sobre el futón, y totalmente agotado, desnudo, zarandeado, sudado, manchado; con una sonrisa que le cruzaba el rostro mientras su respiración era pausada por lo placentero del sueño reparador.



Continuará...


Pica AQUÍ para ir al segundo volumen.

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